CULPA DE LOS MUERTOS

Cuando te pregunten ¿quién es el responsable de toda esta matanza?, diles muy quedo pero muy firme: culpa de los muertos. Ellos en su paz ya no se pueden defender y a ti te dejarán en paz con ellos. Ese es el catecismo del cementerio, hijo.

Sábado, 25 de Diciembre de 2010

Culpa de los muertos, Teatro, 25.12.10

 TÍTULO DE LA OBRA:

 

CULPA DE  LOS MUERTOS

 

Alejandro Bovino

 

CATEGORIA: drama (teatro político)

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

Obra de teatro que comparte el tema con la novela sin ser una adaptación de aquella.

 

ACTO UNO:

 

La acción transcurre en algún momento entre 1977 y 1979 en algo que parece un sitio muy seguro, un sótano o algo similar a una cuadra militar. Debe haber una pared blanca donde se proyectarán imágenes confusas que el público podrá ver aunque los actores estén de espaldas o de perfil (ellos - los personajes que interpretan los actores- ya han visto en la vida esa realidad, sería ocioso mostrársela de nuevo como mera representación).

La música que inicia la acción es el 2do movimiento (Largo) de La Primavera de “Las cuatro estaciones” de Vivaldi, que se escuchará durante 1 minuto; luego se irá extinguiendo lentamente para dejar un breve silencio tras el cual se escucharán varios sonidos:

 

(AUDIO)

una breve conversación entre dos mujeres y un niño, sirenas de bomberos, voces militares dando órdenes, la marcha a “Mi bandera” (muy breve, con fondo de sonidos que alarman, motores, tiros lejanos, voces desconocidas como pájaros efímeros en un cielo de la siesta) hasta que se impone una voz muy fuerte que dice  - “Basta!”  y todo se apaga.

 

(IMAGEN)

En la pantalla aparecerá Alex contando:

 

- “Los mitos se alimentan de distancia y ausencias, como el amor; la imagen de ese hombre se hizo tan poderosa que se lo creyó omnipotente.

El buen dios Perón hizo mucho por gente que estaba abandonada, se opuso a los poderosos con el poder sobre los pobres de la tierra rica. Pero allá en España exiliado, encerrado tras la Puerta de Hierro con un cadáver reverenciado, el brujo y la bataclana, perdió la brújula. Se fue al mazo y no se dio cuenta de nada en la nebulosa en la que veía al país detrás de la bruma del tiempo. Seguía mirando la Argentina de los 40 en la entrada de los 70.

Si es peligroso saber todo, es más peligroso ignorar todo”.

 

Se ilumina lentamente la escena:

 

Loisa estará sentada en una silla de madera sólida, junto a la mesa. Algunos libros, una jarra de vidrio ordinario con agua, ropa en un rincón, un foco que tiene como tulipa un cartón y proyecta la luz directamente sobre ella. Tiene la expresión resignada de quien ya no espera nada, no está aterrorizada ni la angustia se ha cebado en ella: pareciera que ya nada le interesara en el fondo.

Cuando entra el Sargento, ni siquiera lo mira.

 

 

Sargento:      No avisaron nada.

 

Loisa:        Nada… (hojea un libro, para evitar mirarlo)

 

Sargento:      ¿Y ustedes, che? Ustedes que querían cambiar el mundo no le interesan a nadie. A nadie. Pregunto en el Comando y me dicen - “sin novedades”, llamo al jefe de unidad y tampoco. No sé qué mierda hacer con vos y los otros pelotudos que me mandaron de regalo para la Navidad, … ding, ding, dong…, -“ahí tenés cuatro estudiantes de medicina que en vez de curar estaban aprendiendo magia negra” dijo Morales cuando los dejaron. ¿Es verdad que estudiabas medicina, che? (Trae un diario doblado bajo el brazo)

 

Loisa:             Sí, estudio medicina…

 

Sargento:      ¡Estudiabas! (da un golpe a la mesa) ¿no entendés?

 

Loisa: Sí, entiendo…que necesitan gritar para hacerse creer.

 

Sargento:      ¡Son boleta! Ustedes, de acá, no salen vivos, si te molestan los gritos te digo suavemente: (baja la voz pero la hace más grave al mismo tiempo) ésta es la última estación de tu viaje, por algo le dicen “el cementerio” a este lugar. Ayer bajamos cinco, mañana o pasado serán ustedes, solamente espero las órdenes y “tára-ta-ta”, adiós pampa mía, que pase el que sigue. ¿Qué me decís, taradita? ¡Hablá!

 

Loisa:             ¿Para qué?

 

Sargento:      ¿Te cagás de miedo, eh? ¿A quién creíste que le hacías la guerra?

 

Loisa: A usted no. (Se hace silencio y se escuchan tiros a lo lejos) Le digo en serio, no era a usted. Nunca pensamos hacerle una guerra a usted.

 

Sargento:      (Desconfía que se lo haya dicho despectivamente) ¿Ah, no? Pero yo estoy metido hasta las narices, chinita, y tengo la sartén por el mango te guste o no te guste.

 

Loisa: ¿Puedo leer ese diario?

 

Sargento:      ¡Cómo no, sírvase chinita! (Se lo arroja casi en la cara). Ni te ilusiones, no dice nada. De ustedes no dice ni la hora. No hay detenidos, no hay desaparecidos. Hojeá, vos que eras tan inteligente y estudiabas para curar, leé que ahí dice que “los argentinos somos derechos y humanos” y si vos andabas torcida por la vida será que no eras argentina, che.

 

Loisa: ¿Por eso estoy detenida aquí?

 

Sargento:      ¡Algo habrán hecho, che! Yo no soy abogado, el general de división dice que soy el “fiel ejecutor”. Y los que ejecutamos, no preguntamos chinita.

 

Loisa: ¿Al menos me puede decir dónde está mi bebé?

 

Sargento:      No sé.

                                          

 

 

De nuevo la música del Largo, de La Primavera de Vivaldi por medio minuto,

 

(AUDIO)

Se interrumpe música para escucharse un anuncio comercial de la época. Luego un pequeño fragmento de un partido de fútbol, ruido de cosas metálicas que caen, lluvia, truenos; la presentación de un programa de TV de la época, todo esto entre insistentes llamados de un teléfono…

  

 

Sargento:      Acá todo está claro, ustedes buscaron camorra y después no se aguantaron las consecuencias. El coronel en el Ejército siempre nos decía: -Antes de tirarle de la cola al león, hay que tener el fusil cargado-. Yo no tengo nada contra vos, chinita.

 

Loisa: Yo tampoco, pierda cuidado. (Sigue leyendo el diario como si no le importase) Acá dice que hay denuncias en Europa sobre la desaparición de personas en Argentina, es un recuadro, chiquito, acá en la página 4. (Como justificándose)

 

Sargento:      A ver, che. (Mira el sitio que le señala Loisa) No sé, no tiene importancia… ¿por qué jugaron con el león si no tenían fusiles, che? ¿No tenían miedo al zarpazo?

 

Loisa: A lo mejor, no.

 

Sargento:      ¿Y a qué le tienen miedo entonces?

 

Loisa: A muchas cosas, a una noticia en el diario, no sé….

 

Sargento:      ¿A una noticia como ésta? ¿A un recuadrito? (Ríe nervioso)

 

Loisa: Aquí es un recuadrito tal vez porque en las redacciones, en los diarios, le tengan miedo al león… pero a lo mejor allá, en Europa, no le tengan tanto miedo y el recuadrito no sea tan chiquito… ellos ya pasaron por estas cosas.

 

Sargento:      ¿Y qué? ¿Acaso nos gobierna Europa?

 

Loisa: No, acá dice que están gobernando sus generales.

 

 

 

(AUDIO)

 Sonidos desde afuera: voces de dos señoras conversando -“¿Cómo le va querida?, Muy bien ¿y usted? Ay, mi marido dice que viajamos a Disney este año cuando la nena cumpla los 15, ¿vio?” Sonidos de sirena, después todo se detiene bruscamente, se escuchan frenadas bruscas, órdenes confusas y luego un tiroteo y después el silencio.

 

 

 

Loisa: ¿Escuchó eso?

 

Sargento:      No.

 

Loisa: Parecían tiros.

 

Sargento:      ¿Tiros?, no. Cohetes, chinita, co-he-tes . Estamos en Navidad, ¿vos no tirabas cohetes en Navidad?

 

Loisa: No.

 

Sargento:      Bueno, hacé de cuenta que son cohetes.

 

Loisa: No son cohetes.

 

Sargento:      Hacé de cuenta, te conviene que sean cohetes. Petardos. Ding, ding, dong…

 

Loisa: No son cohetes.

 

Sargento:      Mirá que sos desconfiada; ¿todavía no aprendiste quién manda acá? Si te digo que son cohetes, son cohetes. ¡Tienen poca fe, che! Con razón estás acá, no fue un error de la inteligencia militar como decían.

 

Loisa: No son cohetes, al menos déjeme la realidad, no me quite lo poco que me queda… Dígame que mi hijito está con mis padres, por favor.

 

Sargento:      ¿Te quedan los tiros, che?

 

Loisa: Ésa es la realidad, ustedes tienen las armas y nosotros algunas ideas.

 

Sargento:      Mala idea, si no se sabe defender a tiros.

 

Loisa: Las  ideas no necesitan tiros.

 

Sargento:      ¿Qué ideas? ¿Querían cambiar las reglas del juego del mundo? ¿Estaban chifladitos, che? Esas reglas están fijadas por Dios Nuestro Señor, mi vida. La propiedad privada es sagrada, la libertad de las empresas que hacen crecer al país es sagrada, las jerarquías del gobierno son sagradas. Dios todopoderoso ordenó este mundo y ustedes, que son insignificantes, ¿querían reformar la sociedad? ¡Pero déjense de joder, chinita! El gobierno no se toca.

 

Loisa: ¿Qué gobierno?

 

Sargento:      La Junta de Comandantes de las Fuerzas Armadas de la Nación.

 

Loisa:             ¿Quién los votó?

 

Sargento:      Mejor me voy a ver si llegó alguna orden, che.

 

Loisa:             ¿La orden de matarme?

 

Sargento:      No sé, la que sea, yo no doy las órdenes, yo obedezco.

 

 

Se va, de nuevo queda sola Loisa, vuelve Vivaldi.

 

(AUDIO-IMAGEN)

En la pantalla,  Alex con su confesión, que se diluye para dejar ver un desfile militar –mientras el relato~monólogo de Alex sigue escuchándose como trasfondo de las imágenes-, luego la Junta Militar en algún acto, luego una propaganda televisiva de la época, luego la imagen en cámara lenta de un niño caminando en una pradera.

 

Voz de Alex:

 

“Cuando llegué estaba todo revuelto. Los libros tenían las hojas arrancadas, una lámina de anatomía del cuello estaba hecha pedazos en el piso, los armarios con los cajones abiertos, las camas sin las sábanas, todo estaba deshecho y destrozado.

Yo no sabía nada. Yo nada sabía de Argentina. Nosotros nada sabíamos del poder y las ideas. ¿Vosotros sabíais?

Ellos sabían todo acerca del "arte de la guerra". Nada sabíamos de lo que pasaba en este país: Militares militantes.  Qué maldigo: milicos y no milicos entre la polvareda de la pólvora, siglo veinte cambalache el que no llora no mama y el que llora termina en la ESMA: ¿qué tenían que hacer los pendejos y las chicas amontonados como ratas en una Escuela de Mecánica de la Armada? … Cantar.

Se olía la presencia de la muerte pero no se podía ver nada, estábamos ciegos; todos sentíamos los signos de lo que pasaba afuera pero nadie quería ver,  ¿quién pensaba en Corrientes? Lo de afuera eran… habladurías, lo de Tucumán eran pendejadas de los zurdos que vinieron con el viejo demenciado y después terminaron a balazos en Ezeiza. Perón ya no era Perón cuando vino de España, era Juan Domingo demencia senil: un pobre anciano manipulado por su debilidad, idolatrado por la izquierda y la derecha, arrinconado por la mafia de la masa, pobre espejo de nuestra sociedad dividida por odios”.

 

 (Se corta bruscamente la imagen y el relato, voces de chicos jugando, agua que corre, fragmento de una canción de la época, órdenes militares, sirenas, fragmento discurso de Perón y los imberbes, voz de Isabelita, bombos y cánticos de una manifestación)

 

Sargento:      ¿Tenés familia, che?

 

Loisa: Sí.

 

Sargento:      ¡Qué lástima! Mirá que todo está al revés: Vos que tenés familia te vas al muere, yo que estoy solo sigo viviendo lo más campante, ¿viste que todo está al revés?

 

Loisa: ¿No dijo que Dios ordenó este mundo y todo estaba en su sitio?

 

Sargento:      (Un poco desconcertado) ¡Hizo lo que pudo, che! Dios ya hizo su trabajo y después vienen los hijos de puta como ustedes y todo se va a la mierda (con violencia). Pero no quiero seguir discutiendo con muertos, che. (Cambiando) Chinita, yo no tengo nada contra vos.

 

Loisa: Yo tampoco.

 

Sargento:      (Sacando un cigarrillo) ¿Querés uno?

 

Loisa: Gracias, no fumo.

 

Sargento:      En la Escuela Superior de Guerra teníamos un profesor, Herrera Fuentes, ¡qué tipo!, ¡cómo sabía ese profe!, nos quedábamos con los ojos fijos cuando hablaba, él nos explicó todo el asunto…

 

Loisa: ¿Qué les explicó?

 

Sargento:      Una vez nos habló de Vlad el Empalador. ¿Sabés quién fue Vlad?

 

Loisa:             Drácula, el vampiro supongo …

 

Sargento:      ¡Esas son pavadas de los intelectuales! ¡Qué vampiro ni qué ocho cuartos! Vlad fue un príncipe satánico que mandaba empalar hasta 2000 enemigos después de cada batalla, era como crucificarlos pero por el culo, ¡grande Vlad! El comunismo es una secta satánica, chinita. El compadre Stalin mandó en 20 años más gente al infierno que 20 siglos de cristianismo con sus aciertos y sus errores; Stalin fue el Vlad de nuestro tiempo! Las feroces purgas en Siberia fueron más sangrientas que los empalamientos de Vlad El profesor Herrera Fuentes nos decía: - ¿Cómo es eso de la “guerra sucia”? ¿Acaso hay guerras limpias? No: hay guerra o no hay guerra, punto… - el Señor Dios de los Ejércitos ya ha dicho: … “Cualquiera que se niegue a batallar por el rey Saúl y el profeta Samuel, será despedazado como los bueyes de las ofrendas”-…

 

¿Y vos, che? Mirá que la sacaste barata, chinita. Acá no te molestamos, no te hacemos nada, te acorto el tiempo contándote historias y vos ni siquiera un cuentito. ¿Sabés algún cuentito, che?

 

 

(AUDIO)

Sonidos de afuera de nuevo, ráfaga de ametralladora, quejidos, alguien que grita a lo lejos, desesperada: -“déjenme ir, déjenme ir por favor”, sirenas de patrulleros, otras ráfagas, un fragmento de música de la época, en inglés, de alguna banda conocida.

 

 

Sargento:      ¿Qué me podés contar?

 

Loisa: No sé contar chistes, nunca serví para eso…

Sargento: No te pedí chistes…

Loisa: ¿Qué, entonces?

 

Sargento:      ¿Sabés qué, chinita? Cuando yo era chiquito mi madre tenía que salir a trabajar, mi padre se había rajado con otra mujer y ella quedó sola; trabajaba para mantenernos y nosotros quedábamos con mi abuela. Todos los hermanos.

 

Loisa: ¿Cuántos hermanos?

 

Sargento:      Cuatro, y mi abuela nos contaba cuentos después de comer, nos sentábamos en el piso haciendo una rondita, mientras ella limpiaba los platos en la pileta y nos  contaba historias de niños que se perdían en el bosque porque los pájaros habían comido las migas de pan que dejaban en el camino.

 

Loisa: Es un cuento muy viejo.

 

Sargento:      Era lindo escuchar esas historias, y ya que los dos necesitamos matar el tiempo pensé que sería bueno escuchar cuentos…

 

Loisa:        Bueno, voy a ver si recuerdo bien..Había una vez una mujer muy distinguida llamada Madame que era amiga de una Comadreja rosilla. Una noche  iban conversando tomadas del brazo hacia las afueras de la ciudad buscando un camino…

 

Sargento:      (Está sentado, se pone a limpiar el arma mientras escucha) ¿Amiga de una comadreja, che? Mirá vos…

 

Loisa:        Iban caminando y de pronto se internaron en un bosque, como los hermanitos de esa historia que les contaba su abuela, y ahí encontraron un edificio enorme con cúpulas de metal. Madame pensó que se trataba de una central nuclear o algo así; la Comadreja rosilla le señaló una compuerta que se abrió repentinamente para dejar salir un largo cañón de acero.

 

Sargento:      Parece que hay una guerra…

 

Loisa: Eso pensaron, pero en eso una luz intensa que venía de adentro iluminó el sitio del bosque donde estaban, y salió un zorrino que tenía un delantal azul, y con mucha amabilidad las invitó a pasar. Como las dos estaban asombradas,  La Comadreja preguntó: -¿Estamos en guerra?, el anfitrión sonrió y le dijo: -¡Nada de eso, señoras! Las calamidades sociales como las guerras, irán pasando y sólo quedarán las catástrofes naturales para comprender el verdadero poder de Dios. Yo no tendría miedo a ninguna guerra en el futuro, pasen a tomar un refresco o un té.

 

Sargento:      ¿Me querés enseñar que las guerras son inútiles, che?

 

Loisa: No quiero enseñarle nada, usted me pidió un cuento, le estoy contando pero si no le gusta…

 

Sargento:      No, sí, ¡me gusta!, medio raro tu cuento chinita pero ustedes, los que estudian, son raros.

 

Loisa: ¿Por qué no tener miedo a las guerras habiendo tantas en este momento?, preguntó la Comadreja rosilla. El Zorrino les hizo pasar a una sala enorme y lujosa donde sonaba una música suave. Cuando se sentaron, les  aclaró: - Bienvenidas, porque aquí no pasan muchas damas; verán, mi trabajo se desarrolla en un ámbito muy masculino…

Sargento: ¿Qué hacía el punto ése, che?

Loisa: Me dedico a la fabricación y venta de armas, dijo el Lince. - Una fábrica de guerras, entonces -  dijo la comadreja que era muy poco diplomática. -Todo lo contrario, soy pacifista, afirmó el Zorrino poniéndose de pie para servirles un refresco-. La Comadreja, volvió a preguntar: -¿Construyendo armas piensa conseguir la paz? El zorrino les dijo que las armas son el modo más directo de llegar a la paz.

 

Sargento:      El profesor Herrera Fuentes nos explicó: - Hay guerra cuando una nación cree tener más poderío militar que otra, y que cuando todas tengan el mismo arsenal, ninguna empezaría el quilombo-. Tá t ata-ratatata  (Siempre limpiando su arma).

 

Loisa: - Cuando todas tengan armas peligrosas, dijo el zorrino, nadie querrá empezar el desastre.  La carrera armamentista es el único refugio que le queda a la paz. Entonces Madame vio de nuevo  el tubo de acero que apuntaba al cielo, y le preguntó si era un misil. - No, dijo el zorrino, es un telescopio, me paso el tiempo mirando las estrellas….

 

 

 

AUDIO

Bruscamente se escucha el ruido de algo que se rompe, como vidrio que se golpeó, luego siguen algunas conversaciones, campanas, voces de mando cuando Loisa está por reiniciar el relato, suena el teléfono y el Sargento atiende

 

 

Sargento:      Hable, sí, general, todo bien, sí, los invitados están esperando. Bueno… Muy bien, a las 20 estaré allí. (Cuelga) Lo siento, Madame, continuamos otro día, tengo un asunto…

 

Sale y Loisa se queda sola, la luz se va extinguiendo.  

 

 

AUDIO

Vuelve Vivaldi. Después se escuchan corridas, gritos, llanto de un bebe, aves agoreras que graznan en la noche, moto que se aleja.

 

 

 

 

ACTO DOS:

 

 

Suena el 3er movimiento (impetuoso) de “El verano” de Vivaldi,  1 minuto.

 

(IMAGEN)

La acción se inicia en la pantalla pero esta vez aparece Ingrid que dice:

 

“El rector de la Catedral se suicidó en noviembre de un tiro en la boca, en la sacristía. Lo llevaron de urgencia al Hospital Escuela pero no hubo caso, ya estaba muerto cuando llegó. El director del hospital corría de un lado a otro recibiendo llamadas y tratando de esquivar a los periodistas que acudieron como moscas, pero no pudo evitar dar un comunicado y ¿sabés con qué salió? Dijo que monseñor se accidentó limpiando un revólver, parece un disparate pero por esos tiempos el arzobispo decía que “a veces, para defender a Dios se necesitan armas”. Nadie explicó quién atacaba a Dios en la sacristía de la Catedral”.

 

Hace mohines a la cámara como si estuviese jugando y la imagen se va esfumando lentamente para iluminar la misma sala.

 

 

 

Loisa está recostada apoyando la cabeza sobre los brazos, y éstos sobre la mesa. Entra el Sargento y la mira dormida, hay algo de ternura en esa contemplación de la mujer inerte. Trae una bolsa con alimentos, sándwiches y una bebida

 

 

AUDIO

Desde afuera se escucha una ráfaga de metrallas

 

 

Loisa despierta.

 

Sargento:      Hay cama para descansar, flaca…

 

Loisa: Me quedé dormida.

 

Sargento:      Traje algo para comer, después no digan que el Ejército Argentino los mató de hambre.

 

Loisa: Hambre, balas, da igual.

 

Sargento:      Bueno, acá hay comida: empanadas, sándwichs de milanesa, frutas, pan. (Abre el paquete y va poniendo las cosas sobre la mesa) no te podés quejar.

 

Loisa: ¿Y mi bebé? ¿Sabe algo de mi hijo?

 

Sargento:      No. No sé.

 

Loisa: (silencio) Entiendo…

 

Sargento:      Yo también estoy cansado de esperar, me gustaría liquidar de una vez todo este asunto.

 

Loisa: ¿Le gustaría liquidarme?… (abriendo uno de los paquetes)

 

Sargento:      No siempre, a veces ordenan trasladar a los detenidos.

 

Loisa: ¿Adónde los llevan?

 

Sargento:      No sé.

 

Loisa:             ¿No sabe?

 

Sargento:      Parece que a ustedes no les enseñaron cómo funciona un verdadero ejército, che. Acá no se pregunta nada, se reciben órdenes, se cumplen órdenes y si te he visto, no me acuerdo. Así funcionan las misiones. Allá, afuera, ustedes se pasan discutiendo y no cumplen sus deberes. Total, no hacen ni mierda… Comé, comé algo.

 

Loisa: No matamos.

 

Sargento:      ¿No? ¿Y quién hizo volar la cama del general Contreras, la esposa y el perro? ¡Pum!, todos por el aire como pólvora?

 

 

Loisa: No sé quién hizo eso, nosotros no fuimos. No matamos gente.

 

Sargento:      Quién sabe, querían aniquilar la familia, la propiedad privada, la religión; matar ideas puede ser peor que matar gente, che.

 

Loisa: ¿Entonces ustedes matan gente para matar ideas?

 

Sargento:      Mirá flaca: hay maestros orientales que enseñan dónde clavar metales preciosos y dónde metales vulgares en el cuerpo, para conseguir que la energía planetaria se concentre en un punto que se llama perfección. En ese puntito invisible nace la luz interior que nos conecta con otros mundos, con seres más evolucionados que nosotros y si ellos nos guían, no hay tropiezo que valga…  Eso sí, exigen disciplina, pequeños sacrificios que son males menores para alcanzar el bien mayor.

 

Loisa: ¿Eso les enseñaba el profesor Herrera Fuentes?

 

 

 

AUDIO

Se escucha un choque violento, frenadas, tiros, música de calesita, risas de niños, discusión entre dos hombres, campanas, alguien que llora, jingle publicitario de la época, partido de fútbol en la radio, un fragmento de una zamba, insistente teléfono que llama…

 

 

Sargento:      (Respondiendo el teléfono) Hola, todo en orden, señor… No, aquí no llegó… Hoy tampoco… A sus órdenes… Hasta mañana. (Cuelga)

 

Loisa:        Me hablaba de la perfección.

Sargento: Pero la perfección solicita dolor, chinita, sobreponerse al asco, a la naúsea que produce triturar una vida para salvar miles. ¿Acaso Jesuscristo no enseñó con su ejemplo que toda purificación humana se hace a cambio de la muerte?

Loisa:    Tiene familia usted? ¿Tiene hijos?

 

Sargento:      Aquí el único que pregunta soy yo. (Lo dice suavemente pero con firmeza) Eso es disciplina, ¿viste? Aceptar pacientemente lo que impone un superior sabiendo que será para nuestro bien. Una vez que se empieza con las preguntas nunca se terminan las respuestas, ¿y para qué? ¿Qué podrían hacer ustedes para cambiar las cosas desde aquí adentro?

 

Loisa: Yo tengo familia. Tengo un hombre que me quiere y yo también lo quiero, tenemos un bebé… Ya sé, nada de preguntas, no pregunto… Y tengo un papá, una mamá, hermanos, todo eso y los quiero mucho y los respeto  ¿Le parece que yo querría destruir la familia? Yo crecí en el campo, allá cerca de Clorinda, en la provincia de Formosa.

 

Sargento:      Yo también tengo padres, ¿o creés que nací de un repollo? Y hermanos, ¡tengo una hermana muy parecida a vos!, se llama… (Se refrena, cede el entusiasmo que ponía para contar su propia historia) bueno, no importa cómo se llama.

 

Loisa: No sé por qué le cuento esto, será porque es la última persona que voy a ver si es cierto que me van a fusilar o algo así.

 

Sargento:      Yo no dije eso.

 

Loisa: … Papá trabajaba en el campo de sol a sol, hasta que vinieron unos vecinos a proponerle hacer una cooperativa.

 

Sargento:      ¿Y por eso te hiciste comunista?

 

Loisa: No soy comunista, no soy stalinista, no soy trostkista… bueno, no sé cómo explicarle, usted tiene más miedo a las ideas que al enemigo, cree que el comunismo es una secta satánica… tiene muchas creencias mal mezcladas.

 

Sargento:      Puede ser… ¿Y qué pasó con tu papá?

 

Loisa: Era un gringo incansable, puso todo su entusiasmo en la cooperativa, era un hombre de buen corazón que tenía un gran defecto: tener demasiada fe, que también es un defecto. Todo lo que ganaba en las cosechas lo ponía en la cooperativa, él decía que siendo miembro de la comisión directiva debía dar el ejemplo de confianza a los demás socios, pero el Vasco y el señor Rafaellini tenían otros planes: después de unos años desfalcaron  todos los fondos, peso por peso.

 

Sargento:      Qué vas a hacer, che, en todas partes hay delincuentes; en este país hay que entrar con una topadora y aplastar a todos los avivados hijos de puta que crecen como los cardos. Hace falta una limpieza a fondo.

 

Loisa: ¿Como la que están haciendo sus generales?

 

Sargento:      ¡No! Si querés te dejamos al Vasco y al tal Rafaellini, che. Así te los llevás a tu casa, ¿Qué eran esos dos?

 

Loisa: El presidente y el tesorero de la cooperativa; con maniobras financieras vaciaron la cuenta, sólo dejaron deudas y la cooperativa se liquidó. Papá se negaba a creer que los habían estafado, si mamá no hubiese salvado las maquinarias de la hipoteca…hubiese sido el desastre, mamá nunca confió demasiado. Papá se vino abajo, el gringo enorme como una montaña se desplomó por dentro; se pasaba horas y horas sentado frente a la ventana mirando la lejanía… hablando solo…. sin poder dormir…  sin saber llorar…

 

Sargento:      Ya te dije, flaca, hay que barrer la basura.

 

Loisa: ¿Cómo saber quién es o no es criminal sin saber qué es el crimen?

 

Sargento:      ¡Puro palabrerío! Ese Vasco es un delincuente, pero para ustedes “habría que ver”. Todos sabemos bien qué es un bandido, ¡déjense de joder! Lo que pasa es que no tienen huevos para tomar decisiones y entonces se pasan inventando palabras para esconder la cobardía.

 

Loisa:             Primero la ley, señor, después el orden.

 

Sargento:      ¡Qué ley ni qué ocho cuartos!, manga de boludos. Todos tus compinches son unos pelotudos, ése tal César, el Alejandro, la otra, la tarada esa, la Ingrid, y qué decir del boludo mayor, tu maridito Juan Carlos, ¡premio al pelotudo honoris causa! (Arroja la silla al piso)

 

Loisa: ¿Qué le hicieron a mis amigos? ¿Qué le hizo a Juan Carlos?

 

Sargento:      Nada, para hacerse mierda se las arregla bien solito, el pelotudo.

 

Loisa: No es ningún pelotudo. Es el mejor promedio en la carrera de Derecho.

 

Sargento:      Y si es tan inteligente, ¿cómo  le confesó al cura Santana quiénes eran ustedes y lo que hacían? ¿Quién creés, flaca, que los delató? ¡El cura de la Catedral! Tu maridito iba cada domingo a limpiar su conciencia, el cura sacudió la alfombra y sopló la mugre en el comando, y ahora tu maridito pide confesarse, ¿qué se cree, que esto es una parroquia? No te cuidó, che, confesó todo!, ¿cómo es que hacen los curas? “Ego et absolvo”, Ego et absolvo, je, je… ¿viste qué fácil? ¡Palabras! Ego et absolvo, palabritas ¿Acaso desaparece el mal? (Cambiando el juego) Tenés lindos ojos. (La mira fijo)

 

Loisa: No señor, no desaparece nada. (Evita mirarlo) No haga eso, me recuerda al ángel fatal.

 

Sargento:      ¿Qué es eso, che?

 

Loisa: Un tipo que apareció con Ingrid, un militar, rubio y hermoso como un ángel,  pero los ojos destellaban raros… todos le desconfiábamos, César le decía El ángel fatal.

 

 

 

(AUDIO-IMAGEN)

En la pantalla, imágenes de un niño caminando por un campo florido, luego una propaganda de TV de la época, un pantallazo de noticias –todo breve y en sucesión casi vertiginosa- alguien que canta, un presentador de TV, imágenes de los comandantes de la Junta Militar sin sonido, luego un partido de fútbol, el gol del Mundial ’78, un tigre que ataca a una gacela, nuevamente noticias entrecortadas, moda, Martínez de Hoz, publicidad, explosión.

 

 

 

Sargento:      ¿Y el cuentito, che?

 

Loisa: ¿Qué dice?

 

Sargento:      ¿Y el cuentito de hoy? ¿Te acordás?, mi abuela en la ronda contándonos esas historias…

 

Loisa: Ah, eso… a ver si recuerdo dónde quedamos.

 

Sargento:      No, buscá otra, ese de la Madame y el astrónomo es medio estrafalaria no entendí un carajo, son jodidos ustedes, los letrados ¡Dejate de joder con  ese despelote de bichos en guerra!

 

Loisa: No recuerdo otra historia.

 

Sargento:      Bueno, está bien, sigamos con doña Madame entonces.

 

Loisa: Madame y la Comadreja Rosilla, siguieron del brazo por el bosque, cuando escucharon por un altoparlante una arenga política en la que un dirigente proponía solucionar todos los problemas de la población.

 

Sargento:      Las actividades políticas están suprimidas, chinita. Orden superior.

 

Loisa: Pero esto sucede en un cuento, no tiene mucha importancia. ¿Quién podría tener miedo de palabras en medio de un cuento?  Si todo es fantasía.

 

Sargento:      ¿Y entonces, che?

 

Loisa: Había un escritorio que pertenecía al  Zorrino que estaba escribiendo en una máquina de escribir, con una gorra verde, anteojos redondos y la mesa muy desordenada.

 

Sargento:      Un zorrino, máquina de escribir, y los parlantes, ¿en medio del monte?

 

Loisa: Aunquela noche estaba tibia, el zorrino tiritaba de frío y Cuando llegaron Madame y la Comadreja rosilla,  las saludó como si fuesen grandes amigos. - ¿Qué está escuchando? le preguntó Madame, fastidiada por el ruido del parlante.

 

Sargento:      ¿Y  la Comadreja, no?

 

Loisa: No, porque era completamente sorda.

 

Sargento:      ¿Y qué le contestó el Zorrino, che?

 

(Cambio de roles, Loisa se coloca una máscara y asume el personaje de Madame muy señorial y refinado, mientras el Sargento se coloca un delantal, una máscara, para ser el Zorrino, todo mientras prosigue el diálogo ya como los personajes de la fábula)

 

Madame: Perdón, ¿qué está escuchando?

 

Zorrino:     A ver, el oído es un órgano muy complejo que tiene unos minúsculos huesos con nombres de ferretería..

¿le gusta saber que tiene dos yunques dentro de la cabeza?

 

Madame:   Oh, ¡no me diga!, ¿de verdad, doctor?

 

Zorrino:     ¡Y dos estribos y dos martillos!

 

Madame:   ¡Qué interesante! pero tenemos algún apuro, ¿cómo podríamos hacer para llegar antes a…?

 

Zorrino:     Oh, oh, oh… no se puede llegar antes, ni después, se llega cuando se llega, y eso me recuerda algo… ¿qué hora es?

 

Madame:   Serán las ocho menos cuarto.

 

Zorrino      Oh, oh, oh… tengo que ir a trabajar, soy psiquiatra y sabrá que la gente anda con muchos problemas de ansiedad, depresión, ataques de pánico y esas cosas. La gente así, es peligrosa.

 

Madame:   ¡Siempre quise saber qué es la angustia! ¿Cómo empieza? ¿Qué medicamentos conviene tomar para la depresión?

 

Zorrino:     La angustia es la expresión física de un desarreglo químico que proviene de un conflicto interno suyo.

 

Madame:   ¿Conflicto mío? Yo no tengo conflictos conmigo.

 

Zorrino:     Eso es lo que usted cree. ¿Duerme bien?

 

Madame:   No, hace un tiempo me cuesta mucho dormir.

 

Zorrino:     ¿Vio que yo estaba en lo cierto? El insomnio es el primer síntoma de la ansiedad. Sin dormir no se puede soñar y sin soñar no se puede vivir.

 

Madame:   ¿Y qué debo hacer?

 

Zorrino:     Espérenme, volveré en media hora y como es el día de mi cumpleaños, les dejo un champán extra brut para brindar.

 

Madame:   Otra cosa, doctor. Tuve un sueño y quiero saber qué significa.

 

Zorrino:     Nada. No significa nada. ¿Por qué todos buscan encontrar claves ocultas en todo lo que les sucede? No sé por qué todos buscan encontrar significados ocultos en las cosas que nos suceden. Sírvase una copa. (Se la ofrece después de descorchar) ¿Qué soñó?

 

Madame:   Soñé… (bebe un sorbo) que escalaba una montaña y al llegar a la cima descubrí que era un volcán con un cráter lleno de fuego.

 

Zorrino:     Significa… sírvase un poco más… que tiene miedo a las metas demasiado altas, que se conforma con lo mediocre, ¿qué más?

 

Madame:   Bueno, estando allá en lo alto empezaron a salir cientos de enanos barbudos y repelentes que me insultaban de mil maneras, diciendo cosas groseras, ¿qué puede significar esto?

 

Zorrino:     Esos demonios, mi querida, no eran más que la representación de sus miedos que la persiguen hasta en los sueños, muy simple.

 

Madame:   ¿Mis miedos me persiguen hasta las alturas? Por eso la montaña termina siendo un volcán…               

 

 

 (Punto de flexión: aquí la acción se detiene, cambiamos del discurso metanarrativo a la realidad de ambos en la siguiente pregunta)

 

Sargento:      ¿Y ustedes? ¿No tuvieron miedo del fuego, che?

 

Loisa: Ustedes tienen el fuego ahora. Nosotros subimos hasta la cima, ciegos de  confianza  como mi papá, ya dije, tener mucha fe también es peligroso…

 

 

(AUDIO)

Se escucha una frenada, tiros, campanas, música de la época, conversaciones de la calle, publicidad de la época, música religiosa de órgano, órdenes castrenses, agua que corre, pájaros, auto que se aleja a velocidad, golpes en una puerta. Vivaldi durante medio minuto,  hasta que se extingue con la luz.

 

ACTO TRES:

 

 

Se abre con Vivaldi, Otoño de Las Cuatro Estaciones, 1er movimiento Allegro, medio minuto.

 

(AUDIO-IMAGEN)

Luego en la pantalla aparecen imágenes borrosas de la represión: uniformados golpeando a gente, pateando las puertas de casas, humo, la represión de Ezeiza, un musical de la TV de la época, desfile militar, López Rega, Massera, Videla, explosiones, el presidente de EEUU, aviones de combate, una publicidad televisiva de la época.

 

Luego la imagen de Agustín, el “Ángel fatal”:

Monseñor Santana creerá que está jugueteando con los trámites  y está bien que crea siendo un hombre de fe como es, pero con los generales no se jode.

Cada norma tiene su procedimiento y nadie, por dedicado al Señor que esté, puede eludir sus responsabilidades.

(Aparece, de espaldas Monseñor Santana conversando con Agustín, se ve que se trata de un sacerdote por las ropas, se escucha la voz pero no se verá su rostro)

 

Monseñor:

¿Cómo puedo saber que estos nombres que les doy van a parar en un simple interrogatorio? Hay gente que desaparece. Mi grey es el legado que me confió el Señor. Mi deber es conducirlos directo al cielo por el camino más recto.

 

Agustín:

Correcto, monseñor. Pero cuál es ese camino lo deciden los generales, no usted ni yo, con todo respeto. Porque el Estado es lo más sagrado en esta tierra.

 

Monseñor:

 El Vaticano también es un Estado.

 

Agustín:

Allá ustedes con su Vaticano y su cielo; las cuestiones políticas no se deciden en la mesa del altar sino en la mesa de la Junta, que para eso los generales aprendieron a custodiar las leyes humanas con armas, no con agua bendita. Los hombres son remisos, señor, ni hablar de las mujeres que desde que se emanciparon se creen líderes y caudillas, cuando ni siquiera pueden poner orden en su casa. Su grey es arisca, hay más lobos disfrazados de ovejas de lo que usted sospecha. Esa célula que me alistó la otra vez, por ejemplo. Se les hizo un operativo y ¿qué cree que encontramos en los allanamientos? : La biblioteca del anarquismo que pretende sumir a la patria en el fango;  y entonces, querido monseñor, no le quedarán ni ovejas ni lobos, ni grey. Todo habrá sido arrasado por el ateísmo y la anomia …¿Se imagina vivir sin ley?

Por algo Jehová empezó por las tablas, monseñor. Allí escribió la Ley con sus dedos de fuego de una vez para siempre ¿acaso decretó la propiedad social?, ¿la plusvalía?, ¿el sindicalismo organizado? ¿Escribió Jehová ese libro del Capital? ¿Escribió que Su Decálogo debía interpretarse dialécticamente oponiéndole contrarios doctrinales?

No, monseñor. Deje que los generales rastrillen las eras para separar la hez del trigo, quédese tranquilo, le doy mi palabra que le devolveremos todo el trigo, limpio de malezas. Deje que el diablo haga su trabajo y rece por nosotros, créame que no es una tarea fácil.

 

 

(AUDIO)

Sonidos confusos, explosión, órdenes de toque de queda, sirenas, piano con música patria, como “Aurora”, fragmento de una baguala triste, perros que ladran, rock, declaraciones de Martínez de Hoz.

Un teléfono  llama insistentemente.

 

 

Cuando se enciende la luz está la actriz convertida en un personaje con un sombrero de esos que usaban los puritanos, una mañanita, y una toga. Aparece el actor también convertido en un personaje del nonsense con tres o cuatro elementos de vestuario, se mueven como los personajes que representan no como Loisa y el Sargento. (¿Es esto un sueño? ¿Una pesadilla para justificar la pesadilla mayor que es el país estragado por la violencia? El autor no lo sabe y el espectador tampoco, o le dará la explicación que le parezca según su reconstrucción de la situación total, eso no interesa mucho, el teatro no debe explicar nada, no es un tratado sociológico, se limita a ser un ensueño).

 

 

Zorrino:          ¿Es feliz?

 

Madame: Mmm, no sé. Me toma tan de sorpresa, doctor. ¿Por qué?

 

Zorrino:          Para venderle una estampita de San Pantaleón, si no es feliz. Yo tampoco soy feliz, soy desdichado pero me conformo, el mundo también es bastante infeliz.

 

Madame:  Un Dios feliz no pudo haber creado un mundo triste.

 

Zorrino:          Sí, pero no olvide que las criaturas que vivimos en él somos responsables de su infortunio, no podemos echar toda la culpa a Dios, no y no. Me mortifica la guerra y tantos inocentes sufriendo las consecuencias, ¿no le parece?  

 

Madame:   Sin embargo, no me siento responsable de las calamidades naturales que son mil veces más destructivas. No tengo nada que ver con los huracanes, por ejemplo. Yo tampoco inventé la muerte como destino.

 

Zorrino:          ¿Quiere alguna estampita? A veces, sirve para resistir, la fe mueve montañas, dicen…

 

Madame:   Los terremotos, también.

 

Zorrino:          Sea devota, sea buena y le juro que se salvará, todo esto (hace un gesto con los dos brazos como abarcando todo el espacio posible) no es más que ilusión. La verdad está en el espíritu y los dolores sirven para darle valor a la felicidad cuando aparece.

 

Madame:    ¿La muerte también?

 

Zorrino:          Bah, la muerte no es más que la alcahueta de la eternidad, cada fecha es una flecha inquieta que viaja del futuro al pasado.

 

Madame:   Creí que era exactamente al revés.

 

Zorrino:          Nada es exacto, ¿qué quiere decir con “al revés”?

 

Madame:    Creí que el tiempo iba del pasado al futuro.

 

Zorrino:          Es otra ilusión, las cosas ya sucedieron, toda la historia no es más que un recuerdo, vamos hacia el pasado y cuando lleguemos a la meta todo volverá a la tranquilidad.

 

Madame:   ¿Allí terminará todo?

 

Zorrino:          No hará falta, porque  la Historia tendrá la bondad de no empezar. Nuestra memoria le servirá de escarmiento.

 

 

(AUDIO)

Sirenas estridentes, la luz se fue extinguiendo cuando se enciende un reflector que apunta al público, barre la platea hasta que se detiene en una persona, se escucha una voz de mando que dice: -“¡Quieto ahí! Lo estamos apuntando! ¡Documentos!”

 

 

ACTO CUATRO:

 

Abre Vivaldi, 3er movimiento (Allegro) de “El invierno” de las Cuatro Estaciones, medio minuto.

 

(AUDIO-IMAGEN)

Luego en total silencio reanuda la pantalla, esta vez con un militar de espaldas haciendo el siguiente interrogatorio y cuando termina, el Sargento, que está sentado escuchándolo, empieza su alegato ya con la luz y la pantalla vacía.

 

Militar:           

¿Cómo es posible que un militar tan meritorio como usted haya caído en esa trampa, sargento? ¿Me puede explicar? Usted sabe que nosotros no podemos cometer la debilidad de equivocarnos, hay un reglamento que es más sagrado que el catecismo, allí dice qué se debe y qué no se debe hacer. Usted sabía perfectamente que estas cosas no están permitidas, se lo puso a cargo de la custodia de los… detenidos. Custodia, repita conmigo Cus-to-dia (el Sargento repite lo que le ordena)  ¿Sabe lo que significa eso? Vigilancia, control. Usted es el ojo del Estado en este lugar. ¿Cómo se permitió intimar con un aprisionera? ¿Qué creyó, que estaba en una colonia de vacaciones? Esa gente es extremadamente peligrosa, parecen indefensos pero están ahí para corroer las conciencias, para hurgar información, ¿y usted se pone a intimar con ella? Le exijo que solucione este asunto, como hombre, le damos un plazo, resuelva usted el lío en el que usted se metió, pero la solución debe ser tan grave como el problema, ¿me entiende? Y no me venga con sentimentalismos, un soldado únicamente ama a la patria, lo demás es debilidad, flojera, demuéstrenos que está por encima de eso.

 

Sargento:      ¡Meses  y meses esperando órdenes! Acá solamente el silencio, ¿sabe lo que es el silencio sobre el silencio veinte meses? No, allá en el comando sirven a la patria a lo grande, allá nadie se siente abandonado, ¿sabe lo que es el abandono, mi general? Un padre que se fue, una madre que nunca está, una pobre vieja tratando de ser papá, mamá, tía, toda la parentela. ¿Y la Sagrada Familia? Bien, gracias,  allá en las pinturas de la iglesia… nunca fui importante para nadie, siempre me sentí un estorbo. Ella, la enemiga es la única que me trató como una persona y no como un subalterno.

 

Loisa: (Entrando, con una bolsa de papel, se le nota un pequeño embarazo)       Hola.

 

Sargento:      (Visiblemente nervioso) Hola.

 

Loisa: ¿Qué pasa?

 

Sargento:      Nada, es que… nada, nada.

 

Loisa: No pregunto.

 

Sargento:      A veces, es lo mejor.

 

Loisa:             No creo eso, pero no pregunto.

 

Sargento:      ¿Y mi bebé?

 

Loisa: ¿Y mi bebé?

 

Sargento:      Ya te dije: no sé nada.

 

Loisa: (Se le acerca, lo acaricia) Ahora te entiendo, yo tampoco sé qué pasó aquí. No entiendo nada.

 

Sargento:      No más mentiras.

 

Loisa:             No, por favor. Todo este armazón de la Argentina ya es una inmensa mentira…

 

Sargento:      No más mentiras. Los entregan. (Lo dice abruptamente como quien se quita un peso enorme)

 

Loisa: ¿A quiénes ?

 

Sargento:      A los niños capturados, a tu hijo, por ejemplo. El Ejército asigna los chicos a militares o amigos para adopción.

 

Loisa: Pero no es legal…

 

Sargento:      (Sonriendo) Mi vida…qué ingenua sos a veces … Ellos gobiernan.

 

Loisa: Pero los chicos tienen familiares, tienen documentos, tienen nombres y apellidos.

 

Sargento:      Ellos tienen el poder, jueces, ministros, secretarios de acción social. Es así, yo no quería amargarte, no quería hacer sufrir a mi bebé (acaricia la panza a Loisa). No quería, pero no importa lo que yo quería o no quería, juré que basta de mentiras.

 

Loisa: ¿Y mis amigos? ¿Y Juan Carlos?

 

Sargento:      Un mes después que llegaste…

 

Loisa: ¿Los mataron?

 

Sargento:      Más o menos; quiero decir, vinieron a buscarlos, se los llevaron.

 

Loisa: ¿Se los llevaron?

 

Sargento:      No sé adónde, es la estrategia, nadie sabe lo que sabe el otro, únicamente el comando tiene todos los datos.

 

Loisa. ¿Y yo? ¿Qué pasó conmigo?

 

Sargento:      No sé, no estabas en la lista. Le pregunté al mayor que vino a realizar el traslado, me dijo “No está en esta lista”. Y después venían otros prisioneros, otras listas pero no figurabas en ninguna…por eso habrás visto mucha gente en el patio…

Loisa: No estoy en ninguna lista.

 

Sargento:      En esta, ni en las otras.

 

Losa:              ¿Y dónde estoy?

 

Sargento:      ¿Me querés … todavía? ¿Un poquito?

 

Loisa: No sé.   

 

Sargento:      ¿Y a nuestro hijo?

 

Loisa: (Sonríe) Soñé con mi papá, mirando la ventana, viendo crecer a mi hijo.

 

Sargento:      ¿Cuál?

 

Loisa: Los dos son mis hijos (Lo dice firme). ¿Sabés qué, Francisco? Me voy a defender  con uñas y dientes… hasta el final… hasta la última gota de sangre.

 

Sargento:      Estoy con vos, ahora.

 

Loisa: ¿Y el Ejército?

 

Sargento:      Siempre fui un huérfano más en el ejército. No me quiere...

 

Loisa: Yo sí te quiero… Un poquito…

 

Sargento:      ¿Muy poco?

 

Loisa: Un poquito.

 

Sargento:      ¿Y el bebé, me quiere?

 

Loisa: Otro poquito.

 

Sargento:      Ya tengo lo que necesito.

 

Loisa: En el sueño, papá miraba a través de la ventana…esa ventana donde dejó correr la tristeza cuando lo estafaron, son extraños los sueños… yo estaba en la cocina, no lo veía pero sabía que era mi hijo, y de repente papá se levantó de la silla y miró hacia afuera con cara de espanto… no sé si era toda la indignación que sintió cuando comprobó que sus amigos lo habían estafado, o si algo horrible le sucedió a mi hijo. Algo fatal, espantoso…

 

Sargento:      Tranquila, yo estoy aquí.

 

Loisa: Entonces me desperté. O no sé, tal vez esto que estamos viviendo sea la verdadera pesadilla, Francisco.

 

Sargento:      Pase lo que pase quiero que sepas que nunca… (ella le tapa la boca)

 

Loisa: No más juramentos, por favor.

 

 

(AUDIO)

Se escuchan tiros, ruidos de autos.

 

 

Loisa: (Mirándolo) ¿Qué pasa?

 

Sargento:      Tranquila, estoy aquí.

 

De nuevo ruidos de motores.

 

Loisa: ¿Hay algo que yo no sé? (Mirándolo fijo) Es la misma mirada de mi papá en el sueño. ¿Qué pasa?

 

Sargento:      El mando sabe todo.

Loisa:  Ah, Ya me parecía que algo pasaba

Sargento:    Saben que estás embarazada, saben que vos y yo…

 

Loisa: ¿Qué te ordenaron hacer?

 

Sargento:      Barrerte.

 

Loisa: ¿Me vas a matar?

 

Sargento:      No.

 

Loisa: Salváte, por favor.

 

Sargento:      No;  calmáte, ya se van a olvidar.

 

Loisa: El odio no olvida, nunca olvida. Estoy perdida.

 

Sargento:      No. Yo jamás te haría daño.

 

Loisa: Pero, ¿acaso no entendés?

 

 

(AUDIO)

Sirena, patrulleros, ruidos metálicos de algo que corta una y otra vez en forma machacona y atroz.

 

 

Sargento:      Entiendo todo, nunca vi tan claro: sos lo único que vale la pena , lo único que me importa…

 

Loisa: Ahí tenés el arma Francisco, dame un tiro en la cabeza, quiero que te salves.

 

Sargento:      No.

 

(AUDIO)

Voces desde afuera hasta que un megáfono ordena:

 

 

-  Sargento Ortiz, preséntese ante la superioridad en forma urgente!

 

Loisa:             (Le quita el arma del uniforme y se la pone en la mano) Es fácil, un tiro acá (señala la sien) y te salvás vos, para cuidar a tus hermanos.

 

Sargento:      No me quiero salvar para ser como ellos. No, por favor por ese poquito que me querés, no me pidas más.

 

Loisa: Francisco… francisquito.

 

 

 

 

(AUDIO)

- Último aviso Sargento Ortiz: salga de inmediato con las manos en alto, entréguese o vamos a reprimir!

 

 

Se escucha Vivaldi, ellos se abrazan suavemente.

Se escuchan golpes como de una puerta que se derriba, luego tiros y la oscuridad final, sólo queda Vivaldi flotando con la música de La Primavera.

 

 

 

F I N

 

 

 

 

Agregado: breve aparato crítico en forma de acotaciones de autor acerca de elementos de la dinámica audiovisual.

 

Culpa de los muertos

 

Teatro político / política teatral en tiempos disolutos.


criado por talomac    10:16 pm — Categoría: categoría (1) — Tags: ,

Domingo, 21 de Febrero de 2010

CULPA DE LOS MUERTOS (VERSIÓN TEATRAL)

CULPA DE  LOS MUERTOS

 

De Alejandro Maciel

 

Obra de teatro que comparte el tema con la novela sin ser una adaptación de aquella.

 

 

 

ACTO UNO

 

 

 

La acción transcurre en algún momento entre 1977 y 1979 en algo que parece un sitio muy seguro, un sótano o algo similar a una cuadra militar. Debe haber una pared blanca donde se proyectarán imágenes confusas que el público podrá ver aunque los actores estén de espaldas o de perfil (ellos -no los actores sino los personajes que interpretan los actores- ya han visto en la vida esa realidad sería ocioso mostrársela de nuevo como mera representación).

La música que inicia la acción es el 2do movimiento (Largo) de La Primavera de “Las cuatro estaciones” de Vivaldi, que se escuchará durante 1 minuto; luego se irá extinguiendo lentamente para dejar un breve silencio tras el cual se escucharán varios sonidos: una breve conversación entre dos mujeres y un niño, sirenas de bomberos, voces militares dando órdenes, la marcha a “Mi bandera” (muy breve, con fondo de sonidos que alarman, motores, tiros lejanos, voces desconocidas como pájaros efímeros en un cielo de la siesta) hasta que se impone una voz muy fuerte que dice “Basta!”  y todo se apaga.

 

En la pantalla aparecerá la imagen de Alex contando:

 

- “Los mitos se alimentan de distancia y ausencias, como el amor; la imagen de ese hombre se hizo tan poderosa que se lo creyó omnipotente.

El buen dios Perón hizo mucho por gente que estaba abandonada, se opuso a los poderosos con el poder sobre los pobres de la tierra rica. Pero allá en España exiliado, encerrado tras la Puerta de Hierro con un cadáver reverenciado, el brujo y la bataclana, perdió la brújula. Se fue al mazo y no se dio cuenta de nada en la nebulosa en la que veía al país detrás de la bruma del tiempo. Seguía mirando la Argentina de los 40 en la entrada de los 70.

Si es peligroso saber todo, es más peligroso ignorar todo”.

 

 

Se ilumina lentamente la escena:

 

Loisa estará sentada en una silla de madera sólida, junto a la mesa. Algunos libros, una jarra de vidrio ordinario con agua, ropa en un rincón, un foco que tiene como tulipa un cartón y proyecta la luz directamente sobre ella. Tiene la expresión resignada de quien ya no espera nada, no está aterrorizada ni la angustia se ha cebado en ella: pareciera que ya nada le interesara en el fondo.

Cuando entra el Sargento, ni siquiera lo mira.

 

 

Sargento:  No avisaron nada.

 

Loisa:         Nada… (hojea un libro, para evitar mirarlo)

 

Sargento:  ¿Y ustedes, che? Ustedes que querían cambiar el mundo no le interesan a nadie. A nadie. Pregunto en el Comando y me dicen - “sin novedades”, llamo al jefe de unidad y tampoco. No sé qué mierda hacer con vos y los otros pelotudos que me mandaron de regalo para la Navidad, … ding, ding, dong…, -“ahí tenés cuatro estudiantes de medicina que en vez de curar estaban aprendiendo magia negra” dijo Morales cuando los dejaron. ¿Es verdad que estudiabas medicina, che? (Trae un diario doblado bajo el brazo)

 

Loisa:         Sí, estudio medicina.

 

Sargento:  ¡Estudiabas! (da un golpe a la mesa) ¿no entendés?

 

Loisa:         Sí, me parece que entiendo…que necesitan gritar para hacerse creer.

 

Sargento: ¡Son boleta! Ustedes, de acá, no salen vivos, si te molestan los gritos te digo suavemente: (baja la voz pero la hace más grave al mismo tiempo) ésta es la última estación de tu viaje, por algo le dicen “el cementerio” a este centro de detención. Ayer bajamos cinco, mañana o pasado serán ustedes, solamente espero las órdenes y “tára-ta-ta”, adiós pampa mía, que pase el que sigue. ¿Qué me decís, taradita? ¡Hablá!

 

Loisa:         ¿Para qué?

 

Sargento:  ¿Te cagás de miedo, eh? ¿A quién creíste que le hacías la guerra?

 

Loisa:         A usted no. (Se hace silencio y se escuchan tiros a lo lejos) Le digo en serio, no era a usted. Nunca pensamos hacerle una guerra a usted.

 

Sargento: (Desconfía que se lo haya dicho despectivamente) ¿Ah, no? Pero yo estoy metido hasta las narices, chinita, y tengo la sartén por el mango te guste o no te guste.

 

Loisa:         ¿Puedo leer ese diario?

 

Sargento:  ¡Cómo no, sírvase chinita! (Se lo arroja casi en la cara). Ni te ilusiones, no dice nada. De ustedes no dice ni la hora. No hay detenidos, no hay desaparecidos. Hojeá, vos que eras tan inteligente y estudiabas para curar, leé que ahí dice que “los argentinos somos derechos y humanos” y si vos andabas torcida por la vida será que no eras argentina, che.

 

Loisa:         ¿Por eso estoy detenida aquí?

 

Sargento: ¡Algo habrán hecho, che! Yo no soy abogado, el general de división dice que soy el “fiel ejecutor”. Y los que ejecutamos, no preguntamos chinita.

 

Loisa:         ¿Al menos me puede decir dónde está mi bebé?

 

Sargento:  No sé.

                                 

 

De nuevo la música del Largo, de La Primavera de Vivaldi por medio minuto, que se interrumpe para escucharse un anuncio comercial de la época. Luego un pequeño fragmento de un partido de fútbol, ruido de cosas metálicas que caen, lluvia, truenos; la presentación de un programa de TV de la época, todo esto entre insistentes llamados de un teléfono…

  

 

Sargento:  Acá todo está claro, ustedes buscaron camorra y después no se aguantaron las consecuencias. –“No se juega con el león”, dicen los negritos de Angola, y nos repetía el coronel en el Ejército. Antes de tirarle de la cola al león, hay que tener el fusil cargado. Yo no tengo nada contra vos, chinita.

 

Loisa:         Yo tampoco, pierda cuidado. (Sigue leyendo el diario como si no le importase) Acá dice que hay denuncias en Europa sobre la desaparición de personas en Argentina, es un recuadro, chiquito, en la página 4. (Como justificándose)

 

Sargento:  A ver, che. (Mira el sitio que le señala Loisa) No sé, no tiene importancia… ¿por qué jugaron con el león si no tenían fusiles, che? ¿No tenían miedo al zarpazo?

 

Loisa:         A lo mejor, no.

 

Sargento:  ¿Y a qué le tienen miedo entonces?

 

Loisa:         A muchas cosas, a una noticia en el diario, no sé.

 

Sargento:  ¿A una noticia como ésta? ¿A un recuadrito? (Ríe nervioso)

 

Loisa:         Aquí es un recuadrito tal vez porque en las redacciones, en los diarios, le tengan miedo al león… usted dice que el león es peligroso, pero a lo mejor allá, en Europa, no le tengan tanto miedo y el recuadrito no sea tan chiquito… ellos ya pasaron por estas cosas.

 

Sargento:  ¿Y qué? ¿Acaso nos gobierna Europa?

 

Loisa:         No, acá dice que están gobernando sus generales.

 

Sonidos desde afuera: voces de dos señoras conversando “¿Cómo le va querida?, Muy bien ¿y usted? Ay, mi marido dice que viajamos a Disney este año cuando la nena cumpla los 15, ¿vio?” Sonidos de sirena, después todo se detiene bruscamente, se escuchan frenadas bruscas, órdenes confusas y luego un tiroteo y después el silencio.

 

Loisa:         ¿Escuchó eso?

 

Sargento:  No.

 

Loisa:         Parecían tiros.

 

Sargento:  ¿Tiros?, no. Cohetes, co-he-tes chinita. Estamos en tiempos de Navidad, ¿vos no tirabas cohetes en Navidad?

 

Loisa:         No.

 

Sargento:  Bueno, hacé de cuenta que son cohetes.

 

Loisa:         No son cohetes.

 

Sargento:  Hacé de cuenta, te conviene que sean cohetes. Petardos. Ding, ding, dong…

 

Loisa:         No son cohetes.

 

Sargento:  Mirá que sos desconfiada chinita, ¿todavía no aprendiste quién manda acá? Si te digo que son cohetes, son cohetes. ¡Tienen poca fe, che! Con razón estás acá, no fue un error de la inteligencia militar como decías.

 

Loisa:         No son cohetes, al menos le pido que me deje la realidad, no me quite lo poco que me queda… Dígame que mi hijito está con mis padres, por favor.

 

Sargento:  ¿Te quedan los tiros, che?

 

Loisa:         Ésa es la realidad, ustedes tiene las armas y nosotros algunas ideas.

 

Sargento:  Mala idea, si no se sabe defender a tiros.

 

Loisa:         Las  ideas no necesitan tiros.

 

Sargento:  ¿Qué ideas? ¿Querían cambiar las reglas del juego del mundo? ¿Estaban chifladitos, che? Esas reglas están fijadas por Dios Nuestro Señor, mi vida. La propiedad privada es sagrada, la libertad de las empresas que hacen crecer al país es sagrada, las jerarquías del gobierno son sagradas. Dios todopoderoso ordenó este mundo y ustedes, que son insignificantes, ¿querían reformar la sociedad? ¡Pero déjense de joder, chinita! El gobierno no se toca.

 

Loisa:         ¿Qué gobierno?

 

Sargento: La Junta de Comandantes de las Fuerzas Armadas de la Nación.

 

Loisa:         ¿Quién los votó?

 

Sargento:  Mejor me voy a ver si llegó alguna orden, che.

 

Loisa:         ¿La orden de matarme?

 

Sargento:  No sé, la que sea, yo no doy las órdenes, yo obedezco.

 

 

Se va, de nuevo queda sola Loisa, vuelve Vivaldi, y en la pantalla se proyecta la imagen de Ale con su confesión, que se diluye para dejar ver un desfile militar –mientras el relato~monólogo de Alex sigue escuchándose como trasfondo de las imágenes-, luego la Junta Militar en algún acto, luego una propaganda televisiva de la época, luego la imagen en cámara lenta de un niño caminando en una pradera.

 

Voz de Alex:

 

“Cuando llegué estaba todo revuelto. Los libros tenían las hojas arrancadas, una lámina de anatomía del cuello estaba hecha pedazos en el piso, los armarios con los cajones abiertos, las camas sin las sábanas, todo estaba deshecho y destrozado.

 Yo no sabía nada. Yo nada sabía en Argentina. Nosotros nada sabíamos del poder y las ideas. ¿Vosotros sabíais?

Ellos sabían todo acerca del “arte de la guerra”. Nada sabíamos de lo que pasaba en este país: Militares militantes, muchacho.  Qué maldigo: milicos y no milicos entre la polvareda de la pólvora, siglo veinte cambalache el que no llora no mama y el que llora termina en la ESMA: Escuela Superior de Mecánica de la Armada, ¿qué tenían que hacer los pendejos y las chicas amontonados como ratas en una Escuela de Mecánica de la Armada? Cantar.

Se olía la presencia de la muerte pero no se podía ver nada, estábamos ciegos; todos sentíamos los signos de lo que pasaba afuera pero nadie quería ver,  ¿quién pensaba en Corrientes? Lo de afuera eran… habladurías, lo de Tucumán eran pendejadas de los zurdos que vinieron con el viejo demenciado y después terminaron a balazos en Ezeiza. Perón ya no era Perón cuando vino de España, era Juan Domingo demencia senil: un pobre anciano manipulado por su debilidad, idolatrado por la izquierda y la derecha, arrinconado por la mafia de la masa, pobre espejo de nuestra sociedad dividida por odios”.

 

 

(Se corta bruscamente la imagen y el relato, voces de chicos jugando, agua que corre, fragmento de una canción de la época, órdenes militares, sirenas, fragmento discurso de Perón y los imberbes, voz de Isabelita, bombos y cánticos de una manifestación)

 

Sargento:  ¿Tenés familia, che?

 

Loisa:         Sí.

 

Sargento:  ¡Qué lástima! Mirá que todo está al reves, che. Vos que tenés familia te vas al muere, yo que estoy solo sigo viviendo lo más campante, ¿viste que todo está al revés?

 

Loisa:         ¿No dijo que Dios ordenó este mundo y todo estaba en su sitio?

 

Sargento:  (Un poco desconcertado) ¡Hizo lo que pudo, che! Dios ya hizo su trabajo y después vienen los hijos de puta como ustedes y todo se va a la mierda (con violencia). Pero no quiero seguir discutiendo con muertos, che. (Cambiando) Chinita, yo no tengo nada contra vos.

 

Loisa:         Yo tampoco.

 

Sargento:  (Sacando un cigarrillo) ¿Querés uno?

 

Loisa:         Gracias, no fumo.

 

Sargento:  En la Escuela Superior de Guerra teníamos un profesor, Herrera Fuentes, ¡qué tipo!, ¡cómo sabía ese profe!, nos quedábamos con los ojos fijos cuando hablaba, él nos explicó todo el asunto…

 

Loisa:         ¿Qué les explicó?

 

Sargento:  Una vez nos habló de Vlad el Empalador. ¿Sabés quién fue Vlad?

 

Loisa:         Drácula, el vampiro, supongo.

 

Sargento:  ¡Esas son pavadas de los intelectuales! ¡Qué vampiro ni qué ocho cuartos! Vlad fue un príncipe satánico que mandaba empalar hasta 2000 enemigos después de cada batalla, era como crucificarlos pero por el culo, ¡grande Vlad! El comunismo es una secta satánica, chinita. El compadre Stalin mandó en 20 años más gente al infierno que 20 siglos de cristianismo con sus aciertos y sus errores; Stalin fue el Vlad de nuestro tiempo, las feroces purgas en Siberia fueron más sangrientas que los empalamientos de Vlad.

El profesor Herrera Fuentes nos decía: - ¿Cómo que “guerra sucia”? ¿Acaso hay guerras limpias? No: hay guerra o no hay guerra… el Señor Dios de los Ejércitos ya ha dicho: … “Cualquiera que se negare a salir a batallar en pos del rey Saúl y del profeta Samuel, será despedazado como los bueyes de las ofrendas”-…

¿Y vos, che? Mirá que la sacaste barata, chinita. Acá no se tortura, no te molestamos para nada, te acorto el tiempo contándote historias y vos ni siquiera un cuentito. ¿Sabés algún cuentito, che?

 

Sonidos de afuera de nuevo, ráfaga de ametralladora, quejidos, alguien que grita a lo lejos, desesperada: -“déjenme ir, déjenme ir por favor”, sirenas de patrulleros, otras ráfagas, un fragmento de música de la época, en inglés, de alguna banda conocida.

 

Sargento:  ¿Qué me podés contar, che?

 

Loisa:         No sé contar chistes, nunca serví para eso.

 

Sargento:  No te pedí chistes.

 

Loisa:         ¿Qué, entonces?

 

Sargento: ¿Sabés qué, chinita? Cuando yo era chiquito mi madre tenía que salir a trabajar, papá se había rajado con otra mujer y ella quedó sola; trabajaba para mantenernos y nosotros quedábamos con mi abuela. Todos los hermanos.

 

Loisa:         ¿Cuántos hermanos?

 

Sargento:  Cuatro, y abuela nos contaba cuentos después de comer, nos sentábamos en el piso haciendo una rondita, mientras ella limpiaba los platos en la pileta y nos  contaba historias de niños que se perdían en el bosque porque los pájaros habían comido las migas de pan que dejaban en el camino.

 

Loisa:         Es un cuento muy viejo.

 

Sargento:  Era lindo escuchar esas historias, y ya que los dos necesitamos matar el tiempo, pensé que sería bueno escuchar algún cuento.

 

Loisa:         Bueno, voy a ver si recuerdo bien…

Había una vez una mujer muy distinguida llamada Madame que era amiga de una Comadreja, Rosilla. Una noche  iban conversando tomadas del brazo hacia las afueras de la ciudad, buscando un camino.

 

Sargento:  (Está sentado, se pone a limpiar el arma mientras escucha) ¿Amiga de una comadreja, che? Mirá vos…

 

Loisa: Iban caminando y de pronto se internaron en una especie de bosque, como los hermanitos de esa historia que les contaba su abuela, y ahí encontraron un edificio enorme con cúpulas que parecían de metal. Madame pensó que se trataba de una central nuclear o algo así, la Comadreja le señaló una compuerta que se abrió repentinamente para dejar salir un largo cañón de acero.

 

Sargento:  Parece que hay una guerra…

 

Loisa:         Eso pensaban, pero en eso una luz intensa que venía de adentro iluminó el sitio del bosque donde estaban, y salió un Lince que tenía un delantal azul y con mucha amabilidad las invitó a pasar. Como las dos estaban muy asombradas, la Comadreja preguntó: -¿Estamos en guerra?, el anfitrión sonrió y le dijo: -¡Nada de eso, señoras! Las calamidades sociales, como las guerras, irán pasando y sólo quedarán las catástrofes naturales para comprender el verdadero poder de Dios. Yo no tendría miedo a ninguna guerra en el futuro, pasen a tomar un refresco o un té.

 

Sargento:  ¿Me querés enseñar que las guerras son inútiles, che?

 

Loisa:         No quiero enseñarle nada, usted me pidió un cuento, le estoy contando pero si no le gusta…

 

 

Sargento:  No, sí, ¡me gusta!, medio raro tu cuento chinita pero todos ustedes, los que estudian, son raros.

 

Loisa:         ¿Por qué no tener miedo a las guerras habiendo tantas en este momento?, preguntó la Comadreja Rosilla. El Lince las hizo pasar a una sala enorme y lujosa donde sonaba una música suave. Cuando se sentaron, les aclaró - Bienvenidas, por aquí no pasan muchas damas; verán, mi trabajo se desarrolla en un ámbito muy  masculino.

 

Sargento:  ¿Qué hacía el punto ese, che?

 

Loisa:      - Me dedico a la fabricación y venta de armas, dijo el Lince. - Una fábrica de guerras, entonces, dijo la Comadreja, que era muy poco diplomática.  - Todo lo contrario, soy pacifista, afirmó el Lince poniéndose de pie para servirles un refresco. La Comadreja, volvió a preguntar: -¿Construyendo armas piensa conseguir la paz? El Lince, les dijo que las armas son el modo más directo de llegar a la paz.

 

Sargento:  El profesor Herrera Fuentes nos explicó que la guerra estalla cuando una nación cree tener más poderío militar que otra, y que cuando todas tengan el mismo arsenal, ninguna empezaría el quilombo, tá ta rata ta (Siempre limpiando su arma).

 

Loisa:         - Cuando todas tengan armas peligrosas, dijo el Lince, ninguna querrá empezar el gran desastre, y después, sirviéndoles una copita de oporto, dijo muy calmadamente: - La carrera armamentista es el único refugio que le queda a la paz. Entonces Madame vio de nuevo el tubo de acero que apuntaba al cielo y le preguntó si era un misil. - No, dijo el Lince: es un telescopio, me paso el tiempo mirando las estrellas….

 

Bruscamente se escucha el ruido de algo que se rompe, como vidrio que se golpeó, luego siguen algunas conversaciones, campanas, voces de mando cuando Loisa está por reiniciar el relato, suena el teléfono y el Sargento atiende

 

Sargento:  Hable, sí, general, todo bien, sí, los invitados están esperando. Bueno… Muy bien, a las 20 estaré allí. (Cuelga) Lo siento, Madame, continuamos otro día, tengo un operativo.

 

Sale y Loisa se queda sola, la luz se va extinguiendo y vuelve Vivaldi un minuto, después se escuchan corridas, gritos, llanto de un bebe, aves agoreras que graznan en la noche, moto que se aleja.

 

 

 

 

 

ACTO DOS

 

 

Suena el 3er movimiento (impetuoso) de “El verano” de Vivaldi durante 1 minuto. La acción se inicia en la pantalla pero esta vez aparece Ingrid que dice:

 

“El rector de la Catedral se suicidó en noviembre de un tiro en la boca, en la sacristía. Lo llevaron de urgencia al Hospital Escuela pero no hubo caso, ya estaba muerto cuando llegó a emergencias. El director del hospital corría de un lado a otro recibiendo llamadas y tratando de esquivar a los periodistas que acudieron como moscas, pero no pudo evitar dar un comunicado y ¿sabés con qué salió? Dijo que monseñor se accidentó limpiando un revólver, parece un disparate pero por esos tiempos el arzobispo decía que “a veces, para defender a Dios se necesitan armas”.

Nadie explicó quién atacaba a Dios en la sacristía de la Catedral”.

 

Hace mohines a la cámara como si estuviese jugando y la imagen se va esfumando lentamente para iluminar la misma sala.

Loisa está recostada apoyando la cabeza sobre los brazos, y éstos sobre la mesa. Entra el Sargento y la mira dormida, hay algo de ternura en esa contemplación de la mujer inerte. Trae una bolsa con alimentos, sándwiches y una bebida, desde afuera se escucha una ráfaga de metrallas, Loisa despierta.

 

Sargento:  Hay cama para descansar, che.

 

Loisa:         Me quedé dormida.

 

Sargento:  Traje algo para comer, después no digan que el Ejército Argentino los mató de hambre.

 

Loisa:         Hambre, balas, da igual.

 

Sargento:  Bueno, debés estar hambrienta, acá hay empanadas, sándwichs de milanesa, frutas, pan. (Abre el paquete y va poniendo las cosas sobre la mesa) no te podés quejar.

 

Loisa:         ¿Y mi bebé? ¿Sabe algo de mi hijo?

 

Sargento:  No. No sé.

 

Loisa:         Entiendo…

 

Sargento:  Yo también estoy cansado de esperar, me gustaría liquidar de una vez todo este asunto.

 

Loisa:         Le gustaría liquidarme… (abriendo el paquete con los alimentos)

 

Sargento:  No siempre, a veces ordenan trasladar a los detenidos.

 

Loisa:         ¿Adónde los llevan?

 

Sargento:  No sé.

 

Loisa:         ¿No sabe?

 

Sargento:  Parece que a ustedes nos les enseñaron cómo funciona un verdadero ejército, che. Acá no se pregunta nada, se reciben órdenes, se cumplen órdenes y si te he visto, no me acuerdo. Así funcionan las misiones, allá, afuera, ustedes se pasan discutiendo y no cumplen sus deberes. Total, no hacen mierda, no hacen nada. Comé, chinita, comé algo.

 

Loisa:         No matamos.

 

Sargento:  ¿No? ¿Y quién hizo volar la cama del general Contreras, la esposa y el perro? ¡Pum!, todos por el aire como pólvora, che.

 

 

Loisa:         No sé quién hizo eso, nosotros no fuimos. No matamos gente.

 

Sargento:  Quién sabe, querían aniquilar la familia, la propiedad privada, la religión; matar ideas puede ser peor que matar gente, che.

 

Loisa:         ¿Entonces ustedes matan gente para matar ideas?

 

Sargento:  Mirá chinita, hay maestros orientales que enseñan dónde clavar metales preciosos y dónde clavar metales vulgares en el cuerpo para conseguir que la energía planetaria se concentre en un punto que se llama perfección. En ese puntito invisible nace la luz interior que nos conecta con otros mundos, con seres más evolucionados que nosotros y si ellos nos guían no hay tropiezo que valga; eso sí, exigen disciplina, pequeños sacrificios que son males menores para alcanzar el bien mayor.

 

Loisa:         ¿Eso les enseñaba el profesor Herrera Fuentes?

 

Se escucha un choque violento, frenadas, tiros, música de calesita, risas de niños, discusión entre dos hombres, campanas, alguien que llora, jingle publicitario de la época, partido de fútbol en la radio, un fragmento de una zamba, insistente teléfono que llama…

 

Sargento:  (Respondiendo el teléfono) Hola, todo en orden, señor… No, aquí no llegó… Hoy tampoco… A sus órdenes… Hasta mañana.

(Cuelga)

 

Loisa:         Me hablaba de la perfección…

 

Sargento:  Pero la perfección solicita dolor, chinita. Sobreponerse al asco, a la náusea que produce triturar una vida para salvar miles, ¿acaso Jesucristo no enseñó con su ejemplo que toda purificación humana se hace a cambio de la muerte?

 

Loisa:         ¿Tiene familia? ¿Tiene hijos?

 

Sargento:  Aquí el único que pregunta soy yo. (Lo dice suavemente pero con firmeza) Eso es disciplina, ¿viste? Aceptar pacientemente lo que impone un superior sabiendo que será para nuestro bien. Una vez que se empieza con las preguntas nunca se terminan las respuestas, ¿y para qué? ¿Qué podrían hacer ustedes para cambiar las cosas desde aquí adentro?

 

Loisa:         Yo tengo familia. Tengo un hombre que me quiere y yo también lo quiero, tenemos un hijito, un bebé… ¡Ya sé, nada de preguntas! No pregunto. Y tengo un papá, una mamá, hermanos, todo eso. Y los quiero mucho y los respeto, ¿Le parece que yo quería destruir la familia? Yo crecí en el campo, ¿sabe?, allá cerca de Clorinda, en la provincia de Formosa.

 

Sargento: Yo también tengo padres, ¿o creés que nací de un repollo? Y hermanos, ¡tengo una hermana muy parecida a vos!, se llama… (Se refrena, cede el entusiasmo que ponía para contar su propia historia) bueno, no importa cómo se llama.

 

Loisa:         No sé por qué le cuento esto, será porque es la última persona que voy a ver si es cierto que me van a fusilar o algo así.

 

Sargento:  Yo no dije eso.

 

Loisa:         … Papá trabajaba en el campo de sol a sol, hasta que vinieron unos vecinos a ofrecerle hacer una cooperativa.

 

Sargento:  ¿Y por eso te hiciste comunista?

 

Loisa:         No soy comunista, no soy stalinista, no soy trostkista, no somos… bueno, no sé cómo explicarle, usted tiene más miedo a las ideas que al enemigo, cree que el comunismo es una secta satánica… tiene muchas creencias mal mezcladas.

 

Sargento:  Puede ser. ¿Y qué pasó con tu papá, chinita?

 

Loisa:         Era un gringo incansable, puso todo su entusiasmo en la cooperativa, era un hombre de buen corazón que tenía un gran defecto.

 

Sargento:  ¿Qué defecto, che? (Siempre ocupándose de otra cosa como si la conversación no le importara).

 

Loisa:         Tener demasiada fé, que también es un defecto. Todo lo que ganaba en las cosechas lo ponía en la cooperativa, él decía que siendo miembro de la comisión directiva debía dar el ejemplo de confianza a los demás socios, pero el Vasco y el Sr. Rafaellini tenían otros planes. Después de unos años desfalcaron todos los fondos, peso por peso.

 

Sargento:  Qué vas a hacer, che, en todas partes hay delincuentes, en este país hay que entrar con una topadora y aplastar a todos los avivados hijos de puta que crecen como los cardos. Hace falta una limpieza a fondo.

 

Loisa:         ¿Como la que están haciendo sus generales?

 

Sargento:  ¡No! Si querés te dejamos al Vasco y al tal Rafaellini, che. Así te los llevás a tu casa, ¿Qué eran esos dos?

 

Loisa:         El presidente y el tesorero de la cooperativa; con maniobras financieras vaciaron la cuenta, sólo quedaron deudas y la cooperativa se liquidó. Papá se negaba a creer que los habían estafado, si mamá no hubiese salvado las maquinarias de la hipoteca, hubiese sido el desastre… mamá nunca confió demasiado. Papá se vino abajo, el gringo enorme como una montaña se desplomó por dentro; se pasaba horas y horas sentado frente a la ventana de la sala mirando la lejanía.. hablando solo…. sin poder dormir…  sin saber llorar…

 

Sargento:  Ya te dije, chinita, hay que barrer la basura.

 

Loisa:         ¿Cómo? ¿Cómo saber quién es o no es criminal sin saber qué es el crimen?

 

Sargento:  ¡Pucha, che con tanta retórica! Ese Vasco es un delincuente, pero para ustedes “habría que ver”. Palabrerío, todos sabemos bien qué es un bandido, ¡déjense de joder! Lo que pasa es que no tienen cojones para tomar decisiones y entonces se pasan inventando palabras para esconder la cobardía.

 

Loisa:         Primero la ley, señor, después el orden.

 

Sargento:  ¡Qué ley ni qué ocho cuartos!, manga de boludos. Todos tus compinches son unos pelotudos, ése tal César, el Alejandro, la otra, la tarada esa, la Ingrid y qué decir del boludo mayor, tu maridito Juan Carlos, ¡premio al pelotudo honoris causa! (Arroja la silla al piso)

 

Loisa:         ¿Qué le hicieron a mis amigos? ¿Qué le hizo a Juan Carlos?

 

Sargento:  Nada, para hacerse daño se las arregla bien solito, el pelotudo.

 

Loisa:         No es ningún pelotudo, señor. Es el mejor promedio de la carrera de Derecho.

 

Sargento:  Y si es tan inteligente, ¿cómo  le confesó al cura Santana quiénes eran ustedes y lo que hacían? ¿Quién creés, chinita, que los delató? ¡El cura de la Catedral! Tu maridito iba cada domingo a limpiar su conciencia, el cura sacudió la alfombra y sopló la mugre en el comando, y ahora tu querido maridito pide confesarse, ¿qué se cree, que esto es una parroquia? No te cuidó, che, confesó todo!, ¿cómo es que hacen los curas? “Ego et absolvo”, Ego et absolvo, je, je… ¿viste qué fácil? ¡Palabras! Ego et absolvo ¡Palabritas! ¿Acaso desaparece el mal? (Cambiando el juego) Tenés lindos ojos. (La mira fijo)

 

Loisa:         No señor, no desaparece nada. (Evita mirarlo) No siga haciendo eso, me recuerda al ángel fatal.

 

Sargento:  ¿Qué es eso, che?

 

Loisa:         Un tipo que apareció con Ingrid, militar, rubio y hermoso como un ángel,  pero los ojos destellaban raro… todos le desconfiábamos y César le decía El ángel fatal.

 

En la pantalla, imágenes de un niño caminando por un campo florido, luego una propaganda de TV de la época, un pantallazo de noticias –todo breve y en sucesión casi vertiginosa- alguien que canta, un presentador de TV, imágenes de los comandantes de la Junta Militar sin sonido, luego un partido de fútbol, el gol del Mundial ’78, un tigre que ataca a una gacela, nuevamente noticias entrecortadas, moda, Martínez de Hoz, publicidad, explosión.

 

Sargento:  ¿Y el cuentito, che?

 

Loisa:         ¿Qué dice?

 

Sargento: ¿Y el cuentito de hoy? ¿Te acordás?, mi abuela en la ronda, contándonos esas historias…

 

Loisa:         Ah, eso… bueno, a ver si recuerdo dónde quedamos.

 

Sargento:  No, buscá otra, esa de la Madame y el astrónomo es medio estrafalaria, no entendí del todo. ¡Son jodidos ustedes los letrados! ¡A la pipeta con todo ese despelote de bichos en guerra!

 

Loisa:         No recuerdo otra historia.

 

Sargento:  Bueno, está bien, sigamos con doña Madame entonces che.

 

Loisa:         Madame y la Comadreja Rosilla, siguieron del brazo por el bosque extraño, cuando escucharon un altoparlante con una arenga política en la cual un dirigente proponía solucionar todos los problemas de la población.

 

Sargento:  Las actividades políticas están suprimidas, chinita. Orden superior.

 

Loisa:         Pero esto sucede en un cuento, no tiene mucha importancia. ¿Quién podría tener miedo de palabras en medio de un cuento?  Todo es fantasía.

 

Sargento:  ¿Y entonces, che?

 

Loisa:         Había un escritorio que pertenecía al Zorrino, que estaba escribiendo en una máquina de escribir, con una gorra verde, anteojos redondos y la mesa muy desordenada.

 

Sargento:  Un zorrino, máquina de escribir, y los parlantes, ¿en medio del monte, chinita?

 

Loisa:         Aunque la noche estaba tibia el Zorrino tiritaba de frío, y cuando llegaron Madame y la Comadreja Rosilla las saludó como si fuesen grandes amigos. - ¿Qué está escuchando? le preguntó Madame, a quien le fastidiaba el ruido del parlante.

 

Sargento: ¿Y a la Comadreja, no?

 

Loisa:         No, porque era completamente sorda.

 

Sargento:  ¿Y qué le contestó el Zorrino, che?

 

Loisa:         Que el oído es un órgano complejo que tiene unos huecitos con nombres de ferretería. - Tenemos apuro, dijo la Comadreja y le preguntó qué camino podrían tomar para llegar antes. - No se puede llegar antes ni después, le respondió el Zorrino, se llega cuando se llega; y después preguntó -¿qué hora es?.  - Son las veinte y treinta, le dijo Madame. Entonces el Zorrino se puso un delantal y les explicó que debía ir a trabajar,  porque era psiquiatra y la gente andaba con mucha ansiedad por la calle, lo cual era muy peligroso.

Como la Comadreja leía cuanto libro tenía cerca, era extremadamente curiosa; al saber que tenía un psiquiatra enfrente empezó a preguntarle cosas, una detrás de otras: Qué era la angustia, cómo empezaba, por qué se prolongaba tanto, qué medicamentos convenía tomar para la depresión. - La clave de todo está en el insomnio: nadie puede vivir sin sueños, dijo el Zorrino. Terminó de abrocharse el delantal blanco y salió avisando que volvería en media hora dejándoles de regalo una botella de champán y dos copas.

 

Sargento:  ¿Y qué hicieron ahí, en medio del bosque, che?

 

Loisa:         Primero, descorcharon la botella. Madame se sorprendió cuando su amiga destapó la botella con una facilidad pasmosa, sirvió el espumante y cuando le preguntó -¿qué hacemos? La Comadreja dijo: - No lo podemos esperar, hay que seguir camino. Entonces Madame le comentó que hubiese sido bueno preguntarle al psiquiatra qué significaba un sueño que había tenido dos noches antes. -No significa nada, dijo secamente la Comadreja, - No sé por qué todo el mundo busca encontrar significados ocultos en las cosas que nos suceden, volvieron a chocar las copas, se sirvieron más champán y en tren de confidencias, la Comadreja preguntó qué había soñado la otra. - Soñé, empezó a decir Madame mientras le daba un buen trago, que subía la cima de una montaña y al llegar a la cumbre descubrí que se trataba de un volcán con el cráter lleno de fuego.  - Significa, le dijo la Comadreja, que usted tiene miedo a las metas demasiado altas, que se conforma con lo mediocre. Pero sírvame una copa más, este extra brut está delicioso, pidió. - Estando allá, siguió contando Madame, empezaron a salir del cráter unos enanos barbudos y repelentes que me insultaban de mil maneras diciendo cosas groseras… ¿qué significa eso?, preguntó muy intrigada cuando la Comadreja que ya iba por la cuarta copa le aclaró: - esos demonios no eran más que la representación de sus miedos que la persiguen hasta en los sueños, querida, muy simple.

 

Sargento:  ¿Cómo, cómo? ¿La montaña significa que tiene miedo a subir entonces?

 

Loisa:         No. Tiene miedo a encontrar lo que está en la cima, el premio al esfuerzo que significa subir es…

 

Sargento:  El fuego.

 

Loisa:         El terror a la destrucción, los ríos de lava, todo lo que significa un volcán.

 

(Punto de flexión: aquí la acción se detiene, cambiamos del discurso metanarrativo a la realidad de ambos en la siguiente pregunta)

 

Sargento:  ¿Y ustedes? ¿No tuvieron miedo del fuego, che?

 

Loisa:         Ustedes tienen el fuego ahora. Nosotros subimos hasta la cima, ciegos de confianza como mi papá, ya le dije: tener mucha fe también es peligroso.

 

Se escucha una frenada, tiros, campanas, música de la época, conversaciones de la calle, publicidad de la época, música religiosa de órgano, órdenes castrenses, agua que corre, pájaros, auto que se aleja a velocidad, golpes en una puerta y retoma Vivaldi durante medio minuto hasta que se extingue junto con la luz.

 

 

 

 

 

 

ACTO TRES

 

 

Se abre con Vivaldi, Otoño de Las Cuatro Estaciones, 1er movimiento Allegro, medio minuto. Luego en la pantalla aparecen imágenes borrosas de la represión: uniformados golpeando a gente, pateando las puertas de casas, humo, la represión de Ezeiza, un musical de la TV de la época, desfile militar, López Rega, Massera, Videla, explosiones, el presidente de EEUU, aviones de combate, una publicidad televisiva de la época.

Luego la imagen de Agustín, el “Ángel fatal”.

 

Monseñor Santana creerá que está jugueteando con los trámites  y está bien que crea siendo un hombre de fe como es, pero con los generales no se jode.

Cada norma tiene su procedimiento y nadie, por dedicado al Señor que esté, puede eludir sus responsabilidades.

(Aparece, de espaldas Monseñor Santana conversando con Agustín, se ve que se trata de un sacerdote por las ropas, se escucha la voz pero no se verá su rostro)

 

Monseñor:

¿Cómo puedo saber que estos nombres que les doy van a parar en un simple interrogatorio? Hay gente que desaparece. Mi grey es el legado que me confió el Señor. Mi deber es conducirlos directo al cielo por el camino más recto.

 

Agustín:

Correcto, monseñor. Pero cuál es ese camino lo deciden los generales, no usted ni yo, con todo respeto. Porque el Estado es lo más sagrado en esta tierra, eso hay que entenderlo.

 

Monseñor:

 El Vaticano también es un Estado.

 

Agustín:

Allá ustedes con su Vaticano y su cielo, pero las cuestiones políticas no se deciden en la mesa del altar sino en la mesa de la Junta, que para eso los generales aprendieron a custodiar las leyes humanas con armas y no con agua bendita. Los hombres son remisos, monseñor, ni hablar de las mujeres que desde que se emanciparon se creen líderes y caudillas, cuando ni siquiera pueden poner orden en su casa. Su grey es arisca, hay más lobos disfrazados de ovejas de lo que usted sospecha. Esa célula que me alistó la otra vez, por ejemplo. Se les hizo un operativo y ¿qué cree que encontramos en los allanamientos?

La biblioteca del anarquismo que pretende sumir a la patria en el fango y entonces, querido monseñor, no le quedarán ni ovejas ni lobos, ni grey. Todo habrá sido arrasado por el ateísmo y la anomia. ¿Se imagina vivir sin ley?

Por algo Jehová empezó por las tablas, monseñor. Allí escribió la Ley con Su dedo de fuego de una vez para siempre, ¿acaso decretó la propiedad social?, ¿la plusvalía?, ¿el sindicalismo organizado? ¿Escribió Jehová ese libro del Capital? ¿Escribió que Su Decálogo debía interpretarse dialécticamente oponiéndole contrarios doctrinales?

No, monseñor. Deje que los generales rastrillen las eras para separar la hez del trigo. Quédese tranquilo, le doy mi palabra que le devolveremos todo el trigo, limpio de malezas. Deje que el diablo haga su trabajo y rece por nosotros, créame que no es una tarea fácil.

 

Sonidos confusos, explosión, órdenes de toque de queda, sirenas, piano con música patria, como “Aurora”, fragmento de una baguala triste, perros que ladran, rock, declaraciones de Martínez de Hoz, un teléfono que llama insistentemente.

Cuando se enciende la luz está la actriz convertida en un personaje con un sombrero de esos que usaban los puritanos, una mañanita, y una toga. Aparece el actor también convertido en un personaje del nonsense con tres o cuatro elementos de vestuario, se mueven como los personajes que representan no como Loisa y el Sargento. (¿Es esto un sueño? ¿Una pesadilla para justificar la pesadilla mayor que es el país estragado por la violencia? El autor no lo sabe y el espectador tampoco, o le dará la explicación que le parezca según su reconstrucción de la situación total, eso no interesa mucho, el teatro no debe explicar nada, no es un tratado sociológico, se limita a ser un ensueño).

 

 

Zorrino:     ¿Es feliz?

 

Comadreja: Mmm, no sé. Me toma tan de sorpresa, doctor. ¿Por qué?

 

Zorrino:     Para venderle una estampita de San Pantaleón, si no es feliz. Yo tampoco soy feliz, soy desdichado pero me conformo, el mundo también es bastante infeliz.

 

Comadreja: Un Dios feliz no pudo haber creado un mundo triste.

 

Zorrino:     Sí, pero no olvide que las criaturas que vivimos en él somos responsables de su infortunio, no podemos echar toda la culpa a Dios, no y no. Me mortifica la guerra y tantos inocentes sufriendo las consecuencias, ¿no le parece?

 

Comadreja: Sin embargo, no me siento responsable de las calamidades naturales que son mil veces más destructivas. No tengo nada que ver con los huracanes, por ejemplo. Yo tampoco inventé la muerte como destino.

 

Zorrino:     ¿Quiere alguna estampita? A veces, sirve para resistir, la fe mueve montañas, dicen…

 

Comadreja: Los terremotos, también.

 

Zorrino:     Sea devota, sea buena y le juro que se salvará, todo esto (hace un gesto con los dos brazos como abarcando todo el espacio posible) no es más que ilusión. La verdad está en el espíritu y los dolores sirven para darle valor a la felicidad cuando aparece.

 

Comadreja: ¿La muerte también?

 

Zorrino:     Bah, la muerte no es más que la alcahueta de la eternidad, cada fecha es una flecha inquieta que viaja del futuro al pasado.

 

Comadreja: Creí que era exactamente al revés.

 

Zorrino:     Nada es exacto, ¿qué quiere decir con “al revés”?

 

Comadreja: Creí que el tiempo iba del pasado al futuro.

 

Zorrino:     Es otra ilusión, las cosas ya sucedieron, toda la historia no es más que un recuerdo, vamos hacia el pasado y cuando lleguemos a la meta todo volverá a la tranquilidad.

 

 

Comadreja: ¿Allí terminará todo?

 

Zorrino:     No hará falta, porque  la Historia tendrá la bondad de no empezar. Nuestra memoria le servirá de escarmiento.

 

 

De nuevo la música de Vivaldi, medio minuto, luego sirenas estridentes, la luz se fue extinguiendo cuando se enciende un reflector que apunta al público, barre la platea hasta que se detiene en una persona, se escucha una voz de mando que dice: -“¡Quieto ahí! No se mueva. llo estamos apuntando! ¡Documentos!”

 

 

 

 

ACTO CUATRO

 

Abre Vivaldi, 3er movimiento (Allegro) de “El invierno” de las Cuatro Estaciones, medio minuto.

Luego en total silencio reanuda la pantalla, esta vez con un militar de espaldas haciendo el siguiente interrogatorio y cuando termina, el Sargento, que está sentado escuchándolo, empieza su alegato ya con la luz y la pantalla vacía.

 

Militar:      ¿Cómo es posible que un militar tan meritorio como usted haya caído en esa trampa, sargento? ¿Me puede explicar? Usted sabe que nosotros no podemos cometer la debilidad de equivocarnos, hay un reglamento que es más sagrado que el catecismo, allí dice qué se debe y qué no se debe hacer. Usted sabía perfectamente que estas cosas no están permitidas, se lo puso a cargo de la custodia de los… detenidos. Custodia, repita conmigo: cus-to-dia (el Sargento, sentado, repite), de nuevo Cus-to-dia. ¿Sabe lo que significa eso? Cuidado, resguardo, vigilancia, control. Usted es el ojo del Estado en este lugar. ¿Cómo se permitió intimar con una prisionera? ¿Qué creyó, que estaba en una colonia de vacaciones? Esa gente es extremadamente peligrosa, parecen indefensos pero están ahí para corroer las conciencias, para meterse en lo más recóndito, para hurgar información y usted se pone a intimar con ella. Le exijo que solucione este asunto, como hombre, le damos un plazo, resuelva usted el lío en el que usted se metió, pero la solución debe ser tan grave como el problema, ¿me entiende? Y no me venga con sentimentalismos, un soldado únicamente ama a la patria, lo demás es debilidad, flojera, demuéstrenos que está por encima de eso.

 

Sargento:  ¡Meses  y meses esperando órdenes! Acá solamente el silencio, ¿sabe lo que es el silencio sobre el silencio veinte meses? No, allá en el comando sirven a la patria a lo grande, allá nadie se siente abandonado, ¿sabe lo que es el abandono, mi general? Un padre que se fue, una madre que nunca está, una pobre vieja tratando de ser papá, mamá, tía, toda la parentela. ¿Y la Sagrada Familia? Bien, gracias,  allá en las pinturas de la iglesia… nunca fui importante para nadie, siempre me sentí un estorbo, ella, la enemiga es la única que me trató como una persona y no como un subalterno.

¡A las órdenes!

 

Loisa:         (Entrando, con una bolsa de papel, se le nota un pequeño embarazo)     Hola.

 

Sargento:  (Visiblemente nervioso) Hola.

 

Loisa:         ¿Qué pasa?

 

Sargento:  Nada, es que… nada, nada.

 

Loisa:         No pregunto más.

 

Sargento:  A veces, es lo mejor.

 

Loisa:         No creo eso, pero no pregunto.

 

Sargento:  ¿Y mi bebé?

 

Loisa:         ¿Y mi bebé?

 

Sargento:  Ya te dije: no sé nada.

 

Loisa:         (Se le acerca, lo acaricia) Ahora te entiendo, yo tampoco sé qué pasó aquí. No entiendo nada.

 

Sargento:  No más mentiras.

 

Loisa:         No, por favor. Todo este armazón de la Argentina ya es una inmensa mentira, no más mentiras.

 

Sargento:  Los entregan. (Lo dice abruptamente como quien se quita un peso enorme)

 

Loisa:         ¿A quiénes los entregan?

 

Sargento:  A los niños capturados, a tu hijo, por ejemplo. El Ejército asigna los chicos a militares o amigos para adopción.

 

Loisa:         Pero no es legal…

 

Sargento:  (Sonriendo) Mi vida, qué ingenua sos a veces. Ellos gobiernan.

 

Loisa:         Pero los chicos tienen familiares, tienen documentos, tienen nombres y apellidos.

 

Sargento: Ellos tienen el poder, jueces, ministros, secretarios de acción social, es así, yo no quería amargarte, no quería hacer sufrir a mi bebé (acaricia la panza a Loisa). No quería, pero no importa lo que yo quería o no quería, juré que basta de mentiras.

 

Loisa:         ¿Y mis amigos? ¿Y Juan Carlos?

 

Sargento:  Un mes después que llegaste…

 

Loisa:         ¿Los…mataron?

 

Sargento:  Más o menos; quiero decir, vinieron a buscarlos, se los llevaron.

 

Loisa:         ¿Se los llevaron?

 

Sargento:  No sé adónde, es la estrategia, nadie sabe lo que sabe el otro, únicamente el comando tiene todos los datos.

 

Loisa.         ¿Y yo? ¿Qué pasó conmigo?

 

Sargento:  No sé, no estabas en la lista. Le pregunté al mayor que vino a realizar el traslado, me dijo “No está en esta lista” y después venían otros prisioneros, otras listas pero no figurabas en ninguna, por eso habrás visto mucha gente en el patio.

 

Loisa:         No estoy en ninguna lista.

 

Sargento:  En esta, ni en las otras.

 

Losa:          ¿Y dónde estoy?

 

Sargento:  ¿Me querés… todavía? ¿Un poquito?

 

Loisa:         No sé.   

 

Sargento:  ¿Y a nuestro hijo?

 

Loisa:         (Sonríe) Soñé con papá, mirando la ventana, viendo crecer a mi hijo.

 

Sargento:  ¿Cuál?

 

Loisa:         Los dos son mis hijos (Lo dice firme). ¿Sabés qué, Francisco? Me voy a defender con uñas y dientes, hasta la última gota de sangre.

 

Sargento:  Estoy con vos, ahora.

 

Loisa:         ¿Y el Ejército?

 

Sargento:  Siempre fui un huérfano más en el ejército. No me quiere...

 

Loisa:         Yo sí te quiero… Un poquito…

 

Sargento:  ¿Muy poco?

 

Loisa:         Un poquito.

 

Sargento:  ¿Y el bebé, me quiere?

 

Loisa:         Otro poquito.

 

Sargento:  Ya tengo lo que necesito.

 

Loisa:         En el sueño, papá miraba a través de la ventana, esa ventana donde dejó correr la tristeza cuando lo estafaron… son extraños los sueños… yo estaba en la cocina, no veía al nene pero sabía que era mi hijo, y de repente papá se levantó de la silla y miró hacia afuera con cara de espanto… no sé si era toda la indignación que sintió cuando comprobó que sus amigos lo habían estafado, o si algo horrible le sucedió a mi hijo. Algo fatal, espantoso…

 

Sargento:  Tranquila, yo estoy aquí.

 

Loisa:         Entonces me desperté. O no sé, tal vez esto que estamos viviendo sea la verdadera pesadilla, Francisco.

 

Sargento:  Pase lo que pase quiero que sepas que nunca… (ella le tapa la boca)

 

Loisa:         No más juramentos, por favor.

 

Se escuchan tiros, ruidos de autos.

 

Loisa:         (Mirándolo) ¿Qué pasa, Francisco?

 

Sargento:  Calmate, estoy aquí.

 

De nuevo ruidos de motores.

 

Loisa:         ¿Hay algo que yo no sé? (Mirándolo fijo) Es la misma mirada de mi papá en el sueño. ¿Qué pasa?

 

Sargento:  El mando sabe todo.

 

Loisa:         Ah, ya me parecía que algo pasaba.

 

Sargento:  Saben que estás embarazada, saben que vos y yo…

 

Loisa:         ¿Qué te ordenaron hacer?

 

Sargento:  Barrerte.

 

Loisa:         ¿Me vas a matar?

 

Sargento:  No.

 

Loisa:         Salváte, por favor.

 

Sargento:  No. Calmate, ya se van a olvidar.

 

Loisa:         No, el odio no olvida, nunca olvida. Estoy perdida.

 

Sargento:  No. Yo jamás te haría daño.

 

Loisa:         Pero, ¿acaso no entendés?

 

Sirena, patrulleros, ruidos metálicos de algo que corta una y otra vez en forma machacona y atroz.

 

Sargento:  Entiendo todo, nunca vi tan claro, que sos lo único por lo que vale la pena vivir.

 

Loisa:         Ahí tenés el arma Francisco, dame un tiro en la cabeza, quiero que te salves.

 

Sargento:  No.

 

Voces desde afuera hasta que un megáfono ordena:

 

-  Sargento Ortiz, preséntese ante la superioridad en forma urgente!

 

Loisa:         (Le quita el arma del uniforme y se la pone en la mano) Es fácil, un tiro acá (señala la sien) y te salvás vos, para cuidar a tus hermanos.

 

Sargento:  No. No me quiero salvar para ser como mis asesinos. No, por favor por ese poquito que me querés, no me pidas más.

 

Loisa:         Francisco… mi francisquito.

 

- Último aviso Sargento Ortiz: salga de inmediato con las manos en alto, entréguese o vamos a reprimir!

 

Se escucha Vivaldi, ellos se abrazan suavemente, se escuchan golpes como de una puerta que se derriba, luego tiros y la oscuridad final, sólo queda Vivaldi flotando con la música de La Primavera.

 

 

F I N

 

 

 

 

 

 

 

 

criado por talomac    10:58 pm — Categoría: Sin categoría — Tags: , , , ,

Miércoles, 6 de Enero de 2010

LA GUERRA DE TODOS CONTRA TODOS (HOBBES)

LA GUERRA DEL  SEÑOR HOBBES

 

.

Thomas Hobbes (1588-1679) fue un filósofo inglés amigo de Galileo de quien tomó las teorías mecánicas de la física para ingeniar un sistema de pensamiento que tiene mucho de metafísica, psicología, teoría del conocimiento, sociología, política y ética sin ser cabalmente ninguna de esas disciplinas aisladamente. Aunque es difícil encasillarlo, no erraríamos al decir que es empirista lógico, mecanicista y continuador del racionalismo inaugurado por Descartes al despertar de la Modernidad.

En la monumental obra “Leviatán” Hobbes escribió que el Estado, en el que reside la soberanía y el poder, es un mal necesario para sofocar el egoísmo natural de los hombres que, dejados en absoluta libertad, entrarían en una guerra de todos contra todos (bellum omnium contra omnes) porque el hombre (y la mujer, no lo olvidemos, para eso está Mrs. Thatcher recordándosnolo…) es “el lobo del hombre”, es decir, tiende a destruir al más débil haciéndolo víctima de su ferocidad, de su codicia, de su maldad; ya que, decía Hobbes, la gente tiene inscripta en sí tres causas de disputa social: la desconfianza hacia todos los demás, la competencia con todo el resto y el deseo de fama. Si se dejara a la gente seguir su natural avidez, decía Hobbes, sobrevendría la guerra general, la anarquía total y el aniquilamiento de la sociedad. Por ello, se hace necesario “transferir” algunos derechos propios a un monstruo fabuloso que está formado de esos deseos colectivos capturados para minimizar el mal que podrían hacer estando sueltos. Ese monstruo es el Estado (el Leviatán de la Biblia: un monstruo evocado por Job para demostrar la inconmensurabilidad del pensamiento de Dios y de sus designios).

Al hacer yo este depósito como individuo, en bien de todos, cedo mi capacidad de hacer justicia al Estado. Por eso no puedo ejecutar a un ladrón aunque lo hallase robando en mi casa, debo dejar en manos del Estado la aplicación de la pena acordada en el código civil.

Viendo las noticias en periódicos y la inefable TV nos tienta preguntarnos: ¿no estamos de nuevo muy cerca de esta guerra que anunciaba el señor Hobbes hace 500 años? ¿No se parece esta encrucijada de asaltos, robos, asesinatos y crimen a la “guerra de todos contra todos? ¿No desconfía el común de la gente de la eficiencia estatal para administrar justicia?

El tan cacareado neoliberalismo proponía disminuir las funciones del Estado a su mínima expresión. No olvidarán los interminables slogans del señor Menem repitiendo las añejas recetas del señor Alsogaray “hay que achicar el Estado” y privatizando a ultranza medios de transporte, producción, educación, salud privada.

Si bien el liberalismo proponía el “dejar hacer” sus negocios a la libre empresa, nunca resignó las tres obligaciones de Leviatán: impartir justicia, proveer educación en condiciones igualitarias y atender la salud pública.

Muchos son los factores que azuzan esta guerra social cada vez más estridente: la diferencia abismal entre ricos y pobres, la marginación total de inmensas masas de gente arrinconadas en villas y asentamientos, dejadas a la “mano de Dios” que nunca abrigó mucho a nadie, huérfanas de educación, sin competencia para el trabajo que cada vez exige más, sin visión de futuro y asolada por todas las enfermedades propias del abandono, la desnutrición y las adicciones. Da la impresión de que ese Estado minusválido del neoliberalismo abandonó a los más débiles, a las ovejas del sistema, en manos de los lobos. Pero las ovejas, según parece, dejaron la mansedumbre de las pasturas y aprendieron a cazar del peor modo: haciéndose caníbales.

 

Alejandro Maciel, 2010.

criado por talomac    8:46 pm — Categoría: control ciudadano de la función pública — Tags: , , ,

Sábado, 12 de Septiembre de 2009

LA BOCA DE LAS LETRAS VOCALES

Alejandro Maciel 2009

Alejandro Maciel 2009

LA BOCA DE LAS VOCALES

Se durmió el Oso Hormiguero

de tanto comer bananas

Y eso que no tiene boca,

ni puede decir pavadas.

Se durmió soñando un tren

donde viajan las vocales,

con la “A” que va al dentista

a curarse cuatro caries.

La comadre de la “U”

tiene flojas las caderas,

no puede bailar corridos,

flamenco, ni chacareras.

¡Pero mire doña Poncia,

con quién conversa la “E”,

oronda, como si nada

y tomándose un jerez!

Nada más ni nada menos

con la “I” que es tan delgada

que ya no dobla las piernas,

almuerza y duerme parada.

Pero el colmo de los colmos:

La “O” está con paperas

y la cara se le hinchó

desde adentro para afuera.

¡Qué bicho el Oso Hormiguero!

Durmiéndose a pata suelta

se me comió las vocales.

No puedo seguir el cuento.

¿Qué hago con consonantes?

Nmrscv trs ñpbm gtskj:

no me sirven para hablar

Si el bicho sigue durmiendo

lo vamos a despertar.

Cantando la marcha nupcial

“agua va” al bicho durmiente,

Como se hace en carnaval

Cuando se baña la gente.

¡Éa!

criado por talomac    10:34 pm — Categoría: Sin categoría — Tags: , ,

Domingo, 12 de Abril de 2009

REVISTA ‘PALABRAS ESCRITAS 6′

La revista-libro “Palabras Escritas” Nº 6 acaba de ser publicada en Asunción, Paraguay. (Abril 2009)

“Palabras Escritas” se define como un diálogo cultural entre Brasil e Hispanoamérica. Contiene material creativo (cuento, poesía,ensayos, fragmentos de novela, narraciones y teatro) de autores/as latinoamericanos y comentarios críticos de investigadores/as y académicos/as que se ocupan de obras y autores latinoamericanos de los más importantes centros de estudios de Occidente, como las universidades de Poitiers, Lyon, Valencia, Montreal, Madrid, Bolonia, Sorbona de París, Rosario, Buenos Aires, Sao Paulo, Ottawa.

En este nuevo número 6 de “Palabras Escritas”, (que es semestral y edita Servilibro, de Paraguay) la catedrática de La Sorbona, Milagros Ezquerro, interviene con un minucioso estudio de la narratología de la novela “Pedro Páramo” de Juan Rulfo, mientras la profesora de la Universidad de Florianópolis, Salma Ferraz, rastrea las huellas del “Diablo en la literatura” desde su especialidad, la teopoética. Hay narraciones de Marcelo Juan Valenti, Pilar Romano, Ricardo Benítez, Susana Ballaris, Luis Hernáez, Raúl Astorga, Carolina Orlando y Carlos Morán. Poesías de Pepa Kostianovsky, Florencio Godoy Cruz y Nicanor Parra. Estudios de la comunicación mestiza, de Fany Trainer, violencia en Latinoamérica, de Héctor Boleso, poética de la melancolía en Pizarnik por Enrique Acuña, un estudio de la narrativa de Heránez, por Vicente Peiró y sobre las poetas cubanas de la diáspora de Aimée Bolaños.

Una pequeña antología de la poética de Elvio Romero sirve para recordar y homenajear al poeta paraguayo fallecido en 2006.

Obra creativa de autores Latinoamericanos y crítica especializada de catedráticos europeos completan esta sexta entrega de esta publicación que intenta unir los universos creativos de Brasil e Hispanoamérica.

Esta publicación semestral puede adquirirse solicitando su envío a cualquier lugar del mundo a través de esta página:

http://tienda.escribirte.com.ar/

Las colaboraciones a evaluar por el comité de redacción se pueden enviar a:

talomac@gmail.com



by Alejandro Maciel, 10 abril 2009.


Domingo, 26 de Octubre de 2008

JUICIO CRÍTICO SOBRE “CULPA DE LOS MUERTOS”

JUICIO CRÍTICO

SOBRE LA NOVELA

"CULPA DE LOS MUERTOS"

EDICIONES RUBEO, BARCELONA, MARZO 2008

 

"Efectivamente, el editor me remitió su novela "Culpa de los
muertos", que he leído con atención y agradable sorpresa por su
excelente escritura. Un concierto coral multiforme que traduce muy bien
la dura historia, aunque el humor y la ironía templan bastante el ánimo
del atrapado lector. Incluso el hecho del doble tipo de letra contribuye
a la multiplicidad de reflejos que abren y cierran la trama de manera
muy equilibrada por mor de la alternancia. Mi enhorabuena más convencida
y sincera".

Prof. Victorino Polo García

Cátedra Literatura Hispanoamericana

Universidad de Murcia

España, 2008.

criado por talomac    9:20 pm — Categoría: categoría, categoría (1)

Domingo, 13 de Julio de 2008

Me tocó en suertes el Ministro Julio De Vido

Siguiendo el tema de "Ángeles de la guarda de funcionarios públicos" y hecho el sorteo correspondiente me tocó en suertes el Ministro de Planificación, Julio De Vido.

Desde hoy recibiré información acerca de las actividades profesionales públicas del arquitecto De Vido. Si usted tiene algún dato acerca del desempeño PÚBLICO del ministro De Vido, por favor hágamelo llegar. Si es una denuncia por favor hágalo con datos comprobables, no publicaremos difamaciones, insultos, etc. etc… ya está bastante crispada nuestra argentina sociedad para agregar leña al fuego.

 

criado por talomac    10:34 pm — Categoría: categoría, categoría (1), control ciudadano de la función pública

LOS COLORES DEL MUNDO, SEGÚN SAN HUXLEY

EL COLOR DE LOS SUEÑOS

 

En un valioso texto aparecido en la vieja colección “Arión” de Editorial Sudamericana con el título de “Cielo e infierno ” de Aldous Huxley (Edit. Sudamericana, Bs. As., 1957) me encuentro, oh algarabía de la ingente lectora, éxtasis del fausto lector, con un reporte del profesor Calvin Hall quien estudiara miles de soñantes y sus sueños.

Después de esta semiología onírica el profesor Hall concluyó lo siguiente: la mayoría de los mortales soñamos en blanco y negro y cuando la paleta de nuestras alucinaciones utiliza colores lo hace en tonos desvaídos como las viejas fotografías coloreadas que se maquillaban a mano sobre la base en sepia. Según el profesor Hall (citado por Huxley) sólo 1/3 de los soñantes ve colores y esto parece ser una particularidad de cada uno, como la de ser zurdo, sordo o detestar el gusto acre del pollo.

En este libro, Huxley propone un poco maniqueamente la división teórica entre contenidos de la conciencia (lo que vendría a ser el Cielo) poblada de vecinos, perros, escuelas, supermercados chinos por un lado y los umbrosos contenidos inconscientes (lo que vendría a ser la antípoda, o infierno en esta pequeña alegoría) donde se afincan dragones, fantasmas, demonios, asesinos seriales e inspectores impositivos.

Como nunca falta gente suspicaz, Huxley alega que nada extraño puede haber en un mundo que de un lado cobija vacas, cerdos, gallinas, patos, caballos, palomas y del otro (en sus antípodas) alberga kiwis, canguros, jirafas y hasta el extravagante ornitorrinco sobre el que aún no podemos acordar si se trata de un ave mamiferizada o un marsupial extraviado entre los pájaros.
Siguiendo el razonamiento que Huxley expone en el libro sospechamos que los sueños coloridos provienen en forma directa del Infierno ya que aparecen nítidamente, según Huxley, bajo efectos de la hipnosis o la mezcalina que él mismo comulgó para constatar sus efectos. Describe colores intensísimos y hasta desconocidos en la vigilia normal que el autor no duda en calificar de “preternaturales” y dice que transfiguran los objetos como si se iluminasen desde adentro.

No estoy seguro de tener el deseo de cruzar las “puertas del paraíso” para ver esos tonos psicodélicos, o quedarme en el mundo en blanco y negro de mis sueños normales. Hojeando y ojeando un magnífico libro de fotografías en blanco y negro de Marcos Zimmermann de la “Patagonia, un lugar en el viento” tuve la extraña sensación de haber visitado en cuerpo y alma ese sitio casi inhóspito de imágenes desafiantes, soledades infinitas y hielos como murales entre éste y quizás otro mundo, otras antípodas sin ardillas, canguros ni mezcalina.
Hojeando y ojeando el libro Zimmermianno empecé a sospechar que Dios malogró su propia obra de arte al agregarle colores; el mundo en blanco y negro tiene la intensidad de la belleza en estado puro. Como decía uno de mis personajes: los colores no son más que vicios de refracción de la luz y las monjas que me criaron me enseñaron a rehusar toda forma de vicios para llegar al Cielo.

Ahora creo que tenían razón.

Alejandro Maciel.

criado por talomac    6:08 pm — Categoría: Sin categoría

Miércoles, 26 de Diciembre de 2007

CULPA DE LOS MUERTOS

La novela "Culpa de los muertos" será editada en diciembre 2007 en Barcelona por Ínsula de los Libros con prólogo del Profesor Jorge Carlos Guerrero de la Universidad de Ottawa.

Cuando te pregunten ¿quién es el responsable de toda esta matanza?, diles muy calmo pero muy firme: “culpa de los muertos”. Ellos en su paz ya no se pueden defender y a ti te dejarán en paz con ellos. Ese es el catecismo del cementerio, hijo. No hay más preguntas.

 

Corrientes, Argentina de los fines de los 70. Un grupo de estudiantes de medicina buscan las respuestas que los cadáveres en disección no pueden darles en los libros de Proudhon, Marx, Hegel. Las sirenas de los patrulleros gimen a medianoche. Un cura se suicida en la Catedral. Uno a uno van desapareciendo los estudiantes, capturados por la fuerza pública. Sobrevive Alex que desde el recuerdo de la pesadilla está narrando la historia de aquellos tiempos de sangre a un muchacho, hijo de diplomáticos que vino a la Argentina después del desastre. En el recuerdo se mezcla la historia de una fauna política que está detrás de los laberintos del poder, (una fábula que Alex cuenta cada noche a su sobrinita) que tiene algo de absurdo, de ironía, de burla a nosotros mismos. Un nonsense que tiene todo el sentido que tiene la vida.

Alejandro Maciel nació en Corrientes, es médico psiquiatra y vivió una década en Paraguay donde escribió esta novela. Ha editado “La salvación después de Noé”, Bs. As, 1990; “Los conjurados del Quilombo del Gran Chaco”, Edit. Alfaguara, 2001; “El trueno entre las páginas”, Edit. Intercontinental, 2002; “Polisapo” (cuento), Edit. Servilibro, 2002; “Polisapo en el camino” (teatro), Servilibro 2003; “Polisapito” (historieta sobre el cuento) Servilibro 2004; “Prostibularias-1” (cuentos), Servilibro, 2004; “La Bruja de oro” (novela), Servilibro 2004; “La Gallina y el Dragón”, (novela) Servilibro 2005; “20 poemas de humor y una canción disparatada”, (poesías) Servilibro 2005; “Diários de um Rei Exiliado” (novela publicada en traducción al portugués) Edit. Landmark, Sao Paulo, 2005. También dirige la revista-libro “Palabras Escritas”, (un diálogo entre Brasil e Hispanoamérica), Edit. Servilibro, semestral, 250 páginas cada número. Actualmente reside en Buenos Aires. Membre du CRIMIC à titre principal (composante SAL), Universidad París IV, Sorbona.

CULPA DE LOS MUERTOS.

Prefacio

Culpa de los muertos se inscribe en la larga tradición de la escritura de la violencia en América Latina. Desde los cantares tristes de los poetas nahuas postcortesianos, los cuicapicque, recopilados en la Visión de los vencidos por el antropólogo e historiador Miguel León Portilla, que se interrogan "¿Adónde vamos?, ¡Oh amigos!…" y constatan abatidos lo acontecido en la conquista: "Y todo esto pasó con nosotros. / Nosotros lo vimos, / nosotros lo admiramos. Con esta lamentosa y triste suerte / nos vimos angustiados", hasta la novela de la dictadura y del exilio, o las diversas escrituras confesionales, la palabra procura representar y así preservar en la memoria cultural el desgarramiento individual y generacional de la violencia política del continente. La literatura de la violencia tiene la tarea de "ponerle palabras hasta lo innombrable," según nos dice el "Personaje" de Culpa de los muertos, mientras se recuerda "con dolor", para parafrasear a Alejandro, el narrador autor, es decir, mientras se hace el trabajo del duelo.
El relato de Alejandro Maciel envuelve al lector en un torbellino de voces que lo incitan a reconstruir un mundo narrativo que oscila entre la evocación de los setenta y la Argentina postcrisis del nuevo milenio. El principio dialógico que rige la novela lleva al lector a cotejar las conversaciones intergeneracionales entre Alex, el narrador, y un joven argentino recién vuelto al país y entre el narrador y su sobrina. Conversaciones que, a su vez, enmarcan otras como la de los amigos desaparecidos en la represión de Corrientes, el pensamiento de un torturador y sus conversaciones con un cura involucrado con el aparato represor, así como las pláticas del personaje y el autor que cuestionan la misma razón de ser de la escritura. De esta manera, Culpa de los muertos no escribe solamente sobre la violencia sino que cuestiona tanto la función de la escritura como la propia escritura de la violencia, es decir, las posibilidades de toda representación del terror. En las charlas tituladas "Sabotajes del personaje al autor," el "Personaje" se rebela e irreverentemente denuncia el mundo caótico que construye la escritura; el autor lo rechaza explicando que con sus intervenciones "Cada vez que aparece, desaparece para el lector" y así hace hincapié en el papel asignado a una lectura comprometida en la novela.
La gran vía de acceso a Culpa de los muertos es un poderoso estilo cuya garra y finura atrapan al lector en "Todos los excesos" de su escritura. Los retruécanos, las citas de versos y canciones, los juegos con la sintaxis y la puntuación, el ritmo exaltado que capta la aguda percepción del entorno de los personajes, el lenguaje de la literatura infantil de la fábula que el narrador le destina a su sobrina por las noches son, entre otros, algunos de los elementos que seducen y sumen al lector en la configuración imaginaria del mundo de la novela .
Culpa de los muertos es también una vía de acceso descentrada a los setenta. La provincia de Corrientes es el centro de un relato que frecuentemente se narra desde el centro cultural y político de las naciones latinoamericanas, del lugar desde donde se irradia el poder de los aparatos del estado. Desde esta perspectiva de las márgenes, los grandes temas de la amistad, la historia, la memoria, la política y la violencia cobran una dimensión inusitada en una escritura consciente del lugar de su confesión y evidente en un implícito doble duelo por un tiempo y un espacio perdidos evocados desde el recuerdo en la ensimismada ciudad de Buenos Aires. No obstante, la evocación del pasado rebasa, como en la mejor tradición literaria, su inscripción magistral en la biblioteca sombría de la representación de la violencia y apela al poder desmitificador del humor y la risa. Culpa de los muertos encierra de esta manera las llaves del placer de la lectura.

 

 

 

 

Jorge Carlos Guerrero
University of Ottawa

 

 

criado por talomac    12:40 pm — Categoría: Sin categoría

Miércoles, 23 de Mayo de 2007

LAS POBREZAS LITERARIAS DEL CHAMAMÉ DE CORRIENTES

LA IGUALDAD DEL CAOS  o la indigencia del chamamé

criado por talomac    10:37 am — Categoría: categoría
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